21 DE DICIEMBRE, 6:25 AM

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El sol horizontal que viene del este dora las hojas de la parra. El día va a ser largo y ya estoy levantado. Me traje la máquina de escribir al patio para no molestar a los que tienen la suerte de poder dormir. A mí hay muchas cosas que no me dejan. O sí me dejan, pero un rato, después aparece la angustia y un poco más tarde, el dolor.
El dolor no es tan importante, en un par de horas se va, cuando hace efecto el calmante.  Lo que el dolor significa, o lo que anticipa, diría, eso no se va. Para eso mejor la máquina, que va armando las palabras, las que ¾uno piensa¾ van a quedar y van a ser leídas alguna que otra vez. O a lo mejor no, pero igual ahora sirven. Por ejemplo, para recordar algún hecho, alguna historia, que tal vez otros hayan olvidado, como quizás vaya a pasar con esta del dolor, la angustia y la máquina.  

Puedo usar la computadora pero no es lo mismo; escribir a máquina tiene otra intensidad. El golpecito de la tecla, el dibujo irreversible de la letra sobre el papel, tan fresco, tan joven.  Aprendí a manejarla  en el Comercial, digo bien, a manejarla, porque incluía cambiar la cinta, enderezar bracitos, limpiar los tipos, aceitarla y además escribir sin mirar el teclado, con todos los dedos. Aprendí eso y la doble partida de la contabilidad. Pequeños saberes que en aquella época podían, debían serme útiles pero que, definitivamente, nunca lo fueron. Solo quedó esto de escribir, de teclear relativamente rápido.

Usábamos esténcils, unas delicadas hojas rosas de un papel satinado con el que después se imprimía en el mimeógrafo. Así transcribíamos las clases en apuntes de los cuales estudiaban los compañeros. Por esa época producíamos, con el mismo método, volantes políticos. Después ya no. No se podía; no se podía casi ninguna cosa, eso era la dictadura. Fue mucho más tarde, cuando la universidad ya era un recuerdo y la vida empezaba a mostrar su lado amargo, que comencé con esto de las historias.  Anécdotas mínimas que se iban quedando en el papel, salvadas precariamente del olvido. Las hojas fueron formando carpetas, biblioratos, nunca libros; publicar hubiese sido otra cosa.

Cada vez que vuelvo sobre la acumulación desmedida de palabras escritas, siento nostalgia. Una forma rara de nostalgia, que no incluye la añoranza de los hechos o las personas que dieron origen a los relatos, sino de los personajes y acontecimientos de mi ficción. Recuerdo vívidamente la gran habitación donde Amanda conoció el amor prohibido. La veo perfectamente, la escucho gozar, con pasión incestuosa, en sus recientes catorce años. La tengo ante mis ojos volviendo deseosa cada siesta o escabulléndose en las madrugadas de ese verano particularmente caluroso. Él, que se deja arrastrar por esa adolescente, pese a sus cuarenta años, a su mujer, a sus hijos ya mayores, abusando a conciencia de una sobrina, bajo el techo anfitrión.

Estoy presente cuando él se va aquella tarde de febrero y ella llora sin escándalo, porque nadie debe saberlo y porque tampoco se verán en los próximos veinte años.  Y de nuevo estoy presente en el reencuentro. Ella estará viendo tal vez a un hombre mayor, prematuramente encorvado; y él, a una mujer regordeta, casi vulgar. Entonces  los dos parecerán haberse olvidado de lo que ocurrió. Pero yo no podré olvidar, porque soy el testigo de todo y entonces volveré las páginas atrás con ansias, escribiré nuevamente el final que  deseo escribir.

Estoy caminando con Amanda de la mano por la calle de los cines.

Querría seguir pero los dedos se llevan la historia antes de que ocurra y cuando no se la llevan, la versión es deslucida, intrascendente. Rompo en ocasiones esas páginas, pero ellas quedan en mi memoria y vuelven a escribirse textuales, o casi textuales, cuando ya nada más va a ocurrir, ni debería.  Los escenarios cambian, también los personajes y los hechos.  La historia no parece pero es la misma, es sólo una historia más que no lograré escribir.  Tantos días de mi vida comerciando galletitas. Sobre eso, ¿qué puedo escribir?, no hay fantasía posible que redima un trabajo tan intrascendente.  Hasta que vuelvo al momento, como ahora, en que retomo la máquina y escribo. Pero las hojas no albergan buenas historias, son tiempos sin pasión, sin imaginación.

Todo parece normal, dicen que me voy a reponer. Me visitó Andrade, sólo para asegurarme  que me estaban guardando el puesto, aunque  sé que hay un muchacho nuevo aprendiendo mi trabajo. Si no pensara tanto  mientras los calmantes hacen efecto, podría creer que todo está bien, que es sólo una cuestión de tiempo; pero cuando vuelve el dolor me doy cuenta de que todo sigue igual o un poco peor, y entonces tomo la máquina, trato de escribir una historia, trato de imaginar un final, pero no puedo hacerlo, sólo viene a mi mente la vieja historia, el único final. Sigo escribiendo, el ruido acompasado del teclado me tranquiliza.

“21 DE DICIEMBRE, 6:25 AM” pertenece al libro El Otro Jardín. (Simurg, 2009)

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