BIBLIORATOS

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biblioratosTres biblioratos llenos. Hojas escritas a máquina de un solo lado. Indudablemente, fueron tipeadas con la Olivetti portátil del viejo. La que está sobre el aparador.  Siempre pensé que la guardaba como recuerdo de juventud, nunca supuse que la usara. Ahora me doy cuenta de que hace dieciocho años que falto de casa y todo ese tiempo ellos siguieron viviendo. De alguna manera siguieron viviendo, y ahora mi madre inicia una nueva etapa en la soledad del departamentito que le compramos con Mabel. No había pensado en eso. Mi viejo escribía. Las hojas no están numeradas, parece que escribía cosas sueltas, después las iba poniendo en el bibliorato. Usa la tercera persona, los nombres son falsos, los sujetos desconocidos. Esperaba encontrarme con un diario en el que hablara de nosotros, de mí, de él, pero parecen otras historias, otro mundo que solo él conoció.

—¿Qué hacemos con esto, mamá?

—Llevátelos o tiralos, yo no quiero guardar nada.

—¿Papá escribió todo esto?

—Se entretenía con eso. Llevate también la máquina de escribir, en el departamento no tengo lugar para porquerías.

—¿Cómo hago para llevarla en el avión?

—Entonces regalala. A alguien le puede servir.

Le pregunté a mi madre si había leído lo que papá escribía, me dijo que no, que jamás lo había hecho. “Hay cosas más importantes que hacer cuando una es madre, que perder el tiempo”. Me quedé mirándola. Es difícil entender tanto desinterés, tanto desapego.  Papá debe haber estado muy solo todos estos años, mucho más desde que se enfermó. Tendría que haber venido a visitarlo con más frecuencia.

14 de enero de 1983.

Después de cenar, se han ido dispersando. Las mujeres conversan en las reposeras  cerca de la galería, los chicos cazan luciérnagas  en el parque, Ernesto se aleja un poco más, asienta su reposera cerca del molino. Desde allí contempla la llanura en sombras bajo el cielo estrellado, luego se vuelve y mira hacia la casa envuelta en luces mortecinas. Es casi como estar en el borde de las cosas. Matilde y su hermana hablan, como lo hacen siempre. Eso y atender las cuestiones domésticas les llena el día. A Ernesto lo embarga el hastío. Hubiera preferido la playa. Con Rubén no se siente cómodo, no tienen nada en común, tampoco acumulan diferencias, es un buen anfitrión. Amanda abandona a los chicos y va hacia Ernesto, ya está grande para jugar con ellos.

¿Querés una cerveza?

Bueno, traela.

Ella se aleja despacio, las piernas delgadas, largas, el cuerpo elástico, apenas insinuante bajo el vestido mínimo de tela gastada. Es difícil convencerse de que tiene sólo catorce años. Ernesto no quiere confesar que lo excita. La piel cobriza lo atrae como la luz a los insectos.

¿Me das un cigarrillo?

¿Tu viejo sabe que fumás?

Dale, no seas tonto. Lo fumo dentro de un rato.

Le extiende el paquete y toma dos. Después se pone en cuclillas junto a la reposera. Más que ver, Ernesto percibe los pechos recientes por el escote flojo del solero.

¿Me acompañás a caminar un rato?

No puede negarse, no quiere negarse. Rubén dormita en su reposera, las mujeres los ignoran. Caminan lentamente hacia el bosquecillo de mandarinos. Cuando está seguro de que no podrán verlos, le enciende el cigarrillo.

¿No te aburrís acá?

Vinimos a descansar, nos hace bien.

Me estás mintiendo. Yo te veo que no sabés qué hacer.

¿Y vos? ¿No te aburrís?

¿Qué te parece? Todo el verano sola. Te das una idea de lo que puedo sentir.

¿No vas a Victoria?

Me llevan cuando van a hacer compras. Cada dos o tres días.

¿Querés que mañana te lleve yo?

¿Al supermercado?

Adonde vos quieras.

Llevame a tomar algo. Me gustaría ir ahora.

Le voy a decir a Matilde si quiere venir.

No. No le digas. Voy si me llevas vos, con toda la familia no quiero.

¿Y qué vamos a hacer en el pueblo, vos y yo solos?

Tomamos una cerveza, damos una vuelta. ¿Nunca salís con una mujer en Buenos Aires?

Estoy casado.

Sabés que no te creo.

Sos demasiado chica para hablar así. Y yo demasiado grande.

¿Cuántos años tenés?

Treinta y nueve.

No me parece tanto. ¿Me vas a llevar?

¿A tu padre qué le digo?

¿Que vamos a tomar un helado? Cuando volvemos traemos para ellos.

A Ernesto le pareció que todos agradecieron que la llevara un rato al pueblo.  Sus cuñados no saben qué hacer con la hija mayor. Están concentrados en los más chicos. Debe pesar que Marga la haya tenido de soltera con otro hombre, nadie lo dice pero se percibe. Victoria es una ciudad vieja, prolija, empedrada. La noche no tiene mucho que ofrecer. Amanda le indica un “boliche” frente a la plaza principal. Ernesto tiene un momento de inquietud cuando entran; es una menor. Pero nadie dice nada, evidentemente aparenta bastante más. Les sirven cervezas. Ella no deja de fumar, “voy a tener que comprar otro paquete antes de volver”.

¿Qué hacés en Buenos Aires?

¿Cómo qué hago?

¿Qué hacés?

Soy corredor de comercio. Lo tenés que saber.

¿Y además de eso?

Nada. ¿Qué querés que haga?

¿No salís? ¿No tenés una novia?

Ya te dije que no.

Entonces te aburrís allá también.

“Sí, me aburro. Estoy cansado de estar aburrido”.

¿Qué querés que haga?

Amanda apoya la mano sobre la de Ernesto. Él no puede, no quiere, no necesita retirarla. Ella se la acaricia. Sus labios son suaves, tibios, húmedos; hablan de otra cosa. El mundo se reduce a la intimidad de sus ojos. Ernesto siente el deseo, el puro deseo, sin atenuantes. Olvida todo. Matilde, el trabajo, los hijos, no hay nada que se interponga entre ellos y lo que siente ahora. Disfruta despacio, como una bebida dulce, traidora. Degusta el perfume barato que Amanda le ha robado a su madre y que apenas alcanza a cubrir su propio aroma de hembra.   

Detiene el auto cerca de unos árboles. Sabe que ella espera que él la bese. Se puede permitir eso. No va a pasar nada más. Invade sus labios generosos, descubre la pasión de su boca. Introduce la mano entre sus piernas, ella se la aprieta con los muslos, luego las abre y lo deja hacer. Hace eso en forma sucesiva mientras él  acaricia su sexo, húmedo. Las manos pequeñas de Amanda desabrochan la bragueta de Ernesto, envuelven el pene erecto, desmedido y lo exploran. Ahora lo acarician, pretenden sosegarlo como a un niño travieso. Ella tiene un espasmo, un temblor suave, que inspira  compasión y desborda  las entrañas de Ernesto.

Deja el coche lejos. Piensa en levantarse temprano para borrar los rastros. Nadie reclama los helados. Ya es tarde. Rubén debe estar en su habitación. Ernesto pasa de largo mientras le dice a Matilde:

Voy a darme una ducha, así duermo mejor.

Cuando sale del baño, Matilde duerme profundamente. El casco está en silencio, salvo por los grillos y el murmullo del campo.  Ernesto permanece despierto. “Amanda no puede contar, es demasiado viva”. No se reprocha nada. Al fin de cuentas, no ha pasado gran cosa, pero el deseo lo contradice.  Piensa en lo que quiere hacer con asombrosa claridad, solo le preocupa ser descubierto. Se solaza en las imágenes de lo posible, aún sabiendo que no debe, protegido por la impunidad de la noche. Cree que no dormirá, que el desvelo será dulcemente lujurioso, pero la naturaleza lo traiciona, se despierta llegado el mediodía.
Ella lo mira, siente su mirada. Trata de no cruzarse con sus ojos, le parece que sería demasiado evidente. Trata de alejarse. Pero ella está en todos lados. Se pone nervioso. 

Ernesto. Ya no le dice tío.— En el granero a la hora de la siesta.

Apenas un susurro cuando volvía de la cocina con el café. Le preocupa que puedan haberla escuchado. Mira a su mujer. Está levantando los platos con Marga  en la cocina, no la escucharon. Asiente. Deja de pensar, ahora solo siente que va a ocurrir, que pronto tendrá lo que quiere y nada más importa. Cuenta el tiempo gomoso, sufre la espera, mientras uno a uno los demás desaparecen buscando sus cuartos.  Camina entre las casuarinas hacia el galpón bajo el calor del mediodía.

Cierra la puerta del galpón y coloca la traba por dentro. El cuerpo desnudo se va haciendo nítido a medida que sus ojos se acostumbran a la penumbra. Ella colocó unas arpilleras sobre las bolsas de maíz, antes de que él llegara. En un rincón está su ropa prolijamente doblada. Está parada quieta, indiferente a su desnudez, a su cuerpo menudo explorado por los rayos de sol que se filtran por los agujeros del techo. Avanza descalza, se para en puntas de pie. Lo besa. Apoya deliciosa los pezones sobre el pecho de Ernesto. Son grandes, duros. Él desciende hasta ellos y los chupa. La levanta y la pone contra las bolsas de maíz. Ella abre las piernas dócilmente. La penetra. Es virgen. Se deja llevar y termina bruscamente.

La cena se estira, a Ernesto le parece, más que en otras ocasiones. Matilde y Marga le proponen jugar a la canasta. Se niega. Matilde protesta, entre dos no tiene gracia, pero él se mantiene firme, se va a dormir. Espera acostado la llegada de Matilde. Finge dormir. Ella se acerca y lo toca. No reacciona. Ella insiste. Se vuelve y la mira como si realmente se despertara. Su mujer lo besa en la boca y le acaricia la tetilla. Tendrá que resignarse, esa es la noche de Matilde. Piensa en Amanda, se excita con la escena del auto. Matilde lo encuentra distinto, disfruta de la novedad. Tal vez piense que por eso no quiso jugar a la canasta. O quizás crea que los milagros existen. 

Vuelve del baño por la galería. Apenas la ve escaparse como un fantasma descalzo. La sigue hasta el granero. Los perros vienen detrás de él. Los deja echados en la puerta. No le  preocupa que alguien se levante y los vea. Amanda lo sorprende en la oscuridad.

No sabe cómo explicarle lo que pasó. Pero no hace falta.

Te cogiste a tu mujer.

¿Cómo sabés?

Los estuve espiando.

¿Nos estuviste espiando?

Sí. Quería saber cómo lo hacés con ella.

Ernesto asume su nuevo papel de maestro. Lo excita. Enseñar y mostrar. Demostrar y enseñar. Esta vez le pregunta por el período. “Se me fue hace tres días”. No corre riesgos. Ella se arrodilla, sumisa, tierna, usa las manos, la boca, está dispuesta a lograrlo, a ser la mejor, una buena alumna, una buena niña. Él ve que su miembro se alza erecto, orgulloso, y luego cambia la posición, ahora también la besa en su intimidad profunda, la explora con su lengua, la siente gozar.

Llega agotado a la cama cuando el sol se insinúa. En la casa de los peones ya hay luz. Alguien pudo verlos. Piensa en alguna excusa. No encuentra ninguna. Se desploma y duerme. Pronto lo despiertan unos golpes en la puerta. Rubén viene a buscarlo. Dos pasos detrás lo acompaña Juan, el peón, que carga con dos escopetas. Ernesto recuerda que había aceptado salir de caza. Eso fue antes de que todo empezara. Ahora quiere dormir. Pero Rubén está allí esperando.

Suben a la camioneta. Juan va sentado en el medio, los perros en la caja. Hacen cinco quilómetros hasta el arroyo. Se bajan. Siguen caminando, bordean los maizales. Nadie habla. El peón adelante, Rubén a sus espaldas. Hay un movimiento rápido en el sendero. Ernesto escucha el tiro. Se queda duro. El animal se escabulle entre las cañas. Rubén pasa a su lado y se adelanta. Un escalofrío le baja por la nuca. Caminan un poco más, salen al campo trillado. Los perros van levantando las perdices. Rubén dispara. Los perros traen las presas. El peón las guarda en la bolsa. El ciclo se repite con ritmo lento, monótono, inevitable. Ernesto sabe que tiene que disparar, matar, pero no se decide. Llega tarde, cede su turno. Hace un disparo inútil a un punto improbable, los perros se desconciertan, Rubén lo mira. Ernesto se preocupa por disparar acertadamente la vez siguiente. La liebre salta, se estira impulsada por el último acto de vida, Ernesto retiene en sus ojos la belleza de la pirueta e ignora la consecuencia de su acto. La escopeta pesa segura en sus manos, las botas lo afirman sobre la tierra maltratada.

El sol aprieta, la bolsa ya tiene una carga considerable. Se dirigen a la estancia vieja. Un casco abandonado, paredes derruidas, rodeadas por una arboleda. Rubén se sienta sobre un tronco. Juan pasa la caramañola. El agua está tibia pero calma la sed. Rubén recarga, tiene la escopeta sobre las rodillas, Ernesto se corre de la línea de fuego. El peón está en cuclillas despellejando una liebre. Les tira el cuerpo rojizo a los perros. Los animales luchan por su posesión, el cuerpo se parte en dos, los perros lo mastican famélicos. Juan enrolla el cuero y lo mete en la bolsa. No corre viento, no hay ruido, solo algún gorjeo esporádico. 

Las ratas se están comiendo el maíz dice Juan, mirando el horizonte.

¿Pusiste las trampas?

Anoche les fui a renovar los cebos, pero estaba cerrado.

¿Cerrado?

Estaba la traba por dentro.

No digas pavadas. ¿Quién va a poner la traba por dentro?

Le digo que estaba trabada.

Poné los cebos ahora, cuando volvamos. Y no me vengas con cuentos.

Como diga, Don Rubén.

Volvieron callados. Ernesto más que los otros.
Esa tarde todos duermen la siesta. Apenas si escuchan cuando comienza la lluvia.

Hacía falta dijo Rubén. Ahora vamos a tener buen rinde.

No parecía que fuese a llover, con el sol de la mañana.

No, sí que se veía venir. ¿No viste los nubarrones sobre las islas?

No, la verdad que no, nunca estuve en el campo.

Bichos de ciudad, si no fuera por nosotros se mueren de hambre.

El olor a fritanga de la cocina llega hasta la galería. La lluvia cae sin prisa sobre la tierra formando charcos y arroyitos.  Amanda trae las primeras tortas fritas rociadas con azúcar. Ernesto acepta la sonrisa cómplice mientras piensa como decirle que la lluvia  lo predispone para el sexo. Sexo, un pensamiento simple. Cuando se aleja, recién piensa en el galpón. No es seguro. Además con la lluvia habría huellas. Esa noche Matilde lo reclamará, Amanda le habilitará otra noche de felicidad a su mujer.

El amanecer trae gritos de pájaros y tamborilear de goteras. Un descansado Ernesto va hacia la cocina. Amanda está sola. Liquida las últimas tortas fritas acompañándose con algunos mates. Ernesto se sienta  del otro lado de la mesa.

Tenemos que hablar. No sabe bien de qué, pero le dice eso.

Anoche no viniste. Le reprocha con voz trémula.

Juan nos vio en el galpón. No podemos seguir con esto. Miente, miente a sabiendas, solo quiere seguir pero es un adulto, es su sobrina, ella tendrá que buscar cómo.

El viejo ese. Siempre me tuvo ganas. No nos pudo haber visto. Si nos hubiera visto, lo hubiera dicho. Quiso sacar de mentira verdad.

¿Cómo sabía lo de la tranca?

Yo la pongo siempre que voy al galpón, una vez me quiso violar el hijo de puta.

¿Y qué hiciste?

Le di una patada en los huevos y me escapé. A mí no me va a coger nadie que yo no quiera.

¿No le dijiste a tu…vacila a Rubén?

¿Para qué? Ese me hubiera echado la culpa a mí. Vos no lo conocés.

¿Y ahora qué vamos a hacer? Ya no tiene necesidad de fingir, Amanda es una mujer.

Llevame a Victoria, lo hacemos en el auto.

¿Vos creés que no se van a dar cuenta?

Llevamos a los chicos al cine. A la matiné. Los dejamos y nos vamos.

No se dan cuenta, pero Matilde y Marga quieren ir con ellos. La primera película es para los chicos, la segunda será una comedia romántica. Las mujeres se sientan juntas, al lado de los chicos. Ernesto y Amanda una fila más atrás. No bien apagan las luces Amanda le toma la mano y se la va llevando hacia su entrepierna. En todo momento miran hacia la pantalla, aún en aquellos en que Amanda se estremece suavemente.

La última semana de vacaciones comenzará al día siguiente.  Ernesto traslada en dos oportunidades a su sobrina hasta Victoria para realizar algunas compras de urgencia, en una ocasión van juntos a cazar lagartos al arroyo y, a pesar de todo, usan una vez el galpón. Son prudentes. Ninguno de los adultos ni de los niños, ni siquiera Juan, podría atestiguar nada. El anteúltimo día, Amanda le hará prometer que la llevarán a Buenos Aires cuando termine el colegio. Que volverá el verano próximo, o mejor para las vacaciones de invierno, o en Semana Santa y en vacaciones de invierno. Ernesto prometerá todo eso y mucho más pero nunca podrá cumplir nada, nunca tendrá el valor.

Matilde arma las valijas sola. Ernesto sigue dando vueltas. Amanda no sale de su habitación.

Los cuñados y los chicos los están despidiendo.  Forman en pequeño grupo, les ofrecen  una ceremonia sencilla. Besos, abrazos, frases convencionales. Amanda se acerca. Tiene los ojos irritados. Debe haber llorado. Lo besa en la mejilla.  Le dice tío.

16 de Mayo de 2003.

El mozo trae dos cafés. Amanda mira con curiosidad la ambientación. Ernesto le cuenta que El Tortoni es una confitería tradicional. Habla de eso, habla de Matilde, de los hijos. Esos primos que nunca conoció, que ahora están muy lejos. Ella menciona a sus padres, le recuerda que aún es soltera. Lo dice como al pasar, agregando “mejor sola que mal acompañada”. De eso se trata ahora, de compañía, ya no de sexo ni de amor. Hay mucho que contar. Perdices sigue igual, “aburrido” como siempre, ahora viven en Victoria, le informa, cuando él pregunta. En la chacra “hacemos pollos y un poco de soja”. Han pasado veinte años. Se sorprende de que no sea tan alta como la recordaba, que haya engordado, que tenga el aspecto de una mujer casi vulgar. Tal vez ella lo vea como un hombre mayor, prematuramente encorvado. No hablan del verano. ¿Para qué? Cuando volvamos a casa, Matilde ya habrá preparado la cena, dice él, y sabe que con esas palabras está terminando el pequeño paseo por Buenos Aires con que halagó a la sobrina de su mujer. Ella lo entiende, mañana tendrá que volverse a “Victoria”. Por suerte los estudios salieron bien, no es lo que pensaban, sólo un tumor benigno,  no es necesario siquiera operar. Tal vez este verano, ellos quieran pasar unos días allá. Dice por cortesía. Ahora tenemos casino.

Ojeo un poco más los biblioratos aunque es imprescindible que duerma. Mañana tengo un largo día, el camión de la mudanza llega a las ocho. Pero no puedo dejar de leer. Hay otras historias. Amanda está en muchas de ellas. Amanda y Ernesto. Me pregunto si mi madre realmente no habrá leído estos textos.  Si alguna vez estuvieron en Victoria. Si debo leer lo que resta, antes de quemarlos.

“Biblioratos” pertenece al libro El Otro Jardín. (Simurg, 2009)

Éste y otros libros de Carlos Costa se pueden obtener en Galerna Libros

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