Cosa de chicos

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Daniel llegó entre los primeros. El “Flaco” Carlos no había cambiado tanto como para que no pudiera reconocerlo. Seguía siendo altísimo, rubio, aunque algunas canas volvían cenicienta su cabellera y además él, que había sido extremadamente delgado, estaba gordo. El abrazo pareció eterno, el “Flaco” lo palmeaba y seguía diciendo, como en un quejido, “cabezón, cabezón”.

De a poco fueron llegando. Se saludó con todos, aunque la mayoría le parecían seres extraños, tan diferentes. Las mujeres llevaban la peor parte en la carrera contra el tiempo. Aunque producidas, Daniel veía a esas señoras mayores y le costaba recordarlas como las había visto a los dieciocho años.

No se había tratado con nadie desde que se recibieron, treinta años atrás. A la semana, había viajado a Buenos Aires para buscar trabajo; eran otros tiempos. Al segundo día estaba lavando platos en un restaurante, después fueron otras ocupaciones también transitorias y cuando se quiso acordar, le tocó el servicio militar; lo mandaron a Cobunco, cerca de la cordillera. Cuando volvió a Buenos Aires estaba cambiado, como triste, se sentía solo; entonces apareció Beatriz. En seis meses se fueron a vivir juntos, al año estaban casados y él trabajando en el negocio del padre de ella.

Iba contando algunas cosas, escuchaba historias de otros. Confundiéndose los nombres y las caras. Enterándose de que Alfredo Benítez había muerto hacía unos años de un ataque al corazón, que de Raquel Roth no se sabía nada, creían que estaba en Israel.

—Olga y Horacio, ¿te acordás?

—Sí, los que estaban de novios desde tercer año.

—Esos. Se  casaron y se fueron al sur, están en Neuquén.  

Estaban los extrovertidos, alegres abrazadores, y los ceremoniosos, que le estrechaban la mano mientras lo escrutaban serios. Algunos se mantenían callados tratando de pasar desapercibidos, como Néstor Sánchez, una sombra desgarbada; él, que tan buen físico había tenido, tan deportista. Ahora fue Daniel quien se adelantó con los brazos abiertos; Néstor vaciló, recogió la mano y aceptó el abrazo sin entusiasmo.

—¿Cómo estás? Qué bárbaro encontrarte —decía Daniel estúpidamente. Porque, ¿qué otra cosa se podía esperar de un encuentro de ex compañeros?

Por un rato hablaron aparte y en pocas palabras supo que Néstor seguía siendo soltero. Que trabajó por años en una bodega de Mendoza y que ahora estaba desocupado, de vuelta en el pueblo. Los viejos murieron, él vendió la casa, y por ahora iba tirando con esa plata.

—Vos que estás en Buenos Aires, a lo mejor sabés de algo. Yo me voy, no hay problema…

Pasó más o menos una hora hasta que Carlos consideró que no vendría nadie más y dio el aviso de sentarse. Se acomodaron los varones en una punta de la mesa y las mujeres en la otra, separados igual que cuando iban al colegio. Daniel quedó justo en el medio, a un lado la tenía a Silvia, enfrente a Néstor y a Jorge, a la derecha se había ubicado Manolo o Manuel Silva, como ahora se presentaba. Quedaron algunos lugares vacíos; Carlos hizo retirar los cubiertos y las sillas para que estuvieran más cómodos.

Las mujeres en la esquina conversaban animadamente sobre temas diversos, casi todas ellas se seguían viendo, la reunión era una ocasión más, carente en cierto modo de la significación que le daban los varones. Daniel podía ver a Susana hablar animadamente de sus hijos con Elsa, quien intercalaba algunos bocadillos sobre los suyos. Teresa, que conversaba a viva voz con Miriam y Alicia, estaba irreconocible. Hablaba con una fuerte tonada cordobesa que adquirió en los largos años de residencia en esa provincia. Teñida de rubia, grandota como siempre, con buena cantidad de kilos de más y lentes de contacto verdes, parecía una enorme vieja loca; Daniel pensó para sí que el marido de Teresa se había haber muerto para no tener que aguantarla.

Al poco tiempo, ya todos empezaban a parecerse a los de antes. Esos ridículos cuerpos que los envolvían se iban reconciliando con los nombres, y los sentimientos se desplegaban como una neblina piadosa.

La curiosidad  recorría este lado de la mesa,  las preguntas y respuestas sobre “qué fue de tu vida” se sucedían, algo que resultaba un tanto ingrato para todos y en especial para Daniel, que se sentía como dando examen.

Jorge lo interpretó perfecto.

—Che, ¿nos dejamos de joder? ¿Por qué no hablamos de antes? ¿O para qué vinimos?

Ahí se puso lindo. Cálidos, encendidos, no sólo por el vino. Con bromas intercaladas, los recuerdos fluían en una historia común, deformada por el tiempo, enriquecida y adulterada. Casi fueron felices por un rato.

Recordaron la famosa carrera de calzoncillos que se corrió en las últimas horas de la tarde de un viernes de invierno, cuando ya casi era de noche. Fue alrededor del colegio, con apuestas y todo. Nunca se supo quiénes habían sido, pese a las amonestaciones colectivas, ni se sabría ahora, porque seguía siendo el secreto mejor guardado del grupo.

El cerco que le hacían los varones a la profesora de francés, una señora mayor, a la que no dejaban dar clase, haciéndole ridículas proposiciones amorosas sin que ella reaccionara, más allá de un “Señores, por favor”.  Por algo, y no casualmente, la apodaban “La Boba Berges”. Bueno, resultó que era “boba” pero también vengativa, porque en quinto los mandó a todos a marzo y reprobó a la mayoría.

—A mí me dieron el diploma pero yo no me recibí y no volví a dar la materia —confesó Manolo.

—Pero ¿cómo no la diste? —intervino Jorge, incrédulo.

—No, me puse a trabajar con el viejo y lo fui dejando, al final el título no me iba a servir para nada.

—Yo perdí un año de facultad por esa imbécil. Tuve que prepararme con una profesora todo el año y terminé pidiendo mesa en diciembre —aclaró el gordo Luis Delía, que ahora era médico ginecólogo.

Los recuerdos seguían, las mujeres abandonaron su charla trivial y empezaron a intervenir. Recordaban los romances, las serenatas, los bailes. Por Alicia, los varones se enteraron de cuánto ellas hubieran deseado que no las trataran como simples compañeras, de lo estúpidamente respetuosos que habían sido. Jorge le comentó lo mucho que le gustaba entonces  y que ella nunca le dio calce.

—Bueno, queda como materia pendiente —sugirió Susana, mirando a los dos con una sonrisa,  mitad broma, mitad no se sabía.

No fue sino en el postre que Néstor se acordó de aquella otra broma. Había permanecido casi en silencio hasta ese momento. Un poco mayor que todos, tuvo que repetir el primer año y lo cursó con ellos. Nunca fue buen alumno pero era uno de los mejores deportistas de la escuela y eso fue más que suficiente para ejercer un cierto liderazgo entre sus compañeros. Tenía un pésimo carácter y la vida se lo cobró con creces; él sí que no tenía nada para festejar, su presencia en el grupo era una alteración de sus hábitos ermitaños y un mérito del “Flaco” Carlos, que pudo convencerlo de venir. 

—¿Te acordás, Silvia, cuando te dejamos plantada en la esquina del colegio?

Silvia, que a decir verdad era la única que medianamente conservaba algo de la belleza de su juventud, pareció no entender, mientras lo miraba  desde la profundidad de sus ojos azules.

—Sí —aclaró Néstor—, cuando te quedaste hasta la noche esperando a Julio, ¿te acordás?

Silvia recordaba muy bien aquella tarde. Recordaba también la noche del sábado anterior, lo difícil que fue convencer al jodido del viejo para que la dejara ir a ese baile en el club. El padre era un borracho perdido que usaba toda ocasión para mortificar a los de su familia con actitudes estúpidas, o directamente  malvadas. Esa iba a ser la gran noche. Se vistió en la casa de una prima, ella le prestó el mejor vestido que tenía y los zapatos de taco alto que en su casa nunca le compraron. Estaba hermosa y lo sabía. Hermosa a los diecisiete y predispuesta a enamorarse.

Julio era de otro colegio y llegó de pronto, lindo, sonriente, saco sport, el cuello de la camisa sobre la solapa prescindiendo de la corbata, gestos y modales de quien se siente ganador. No era posible dejar de mirarlo, estaba allí; él no podía saber que ella lo había soñado mil veces sin conocerlo, pero sí pudo sentir esos  ojos azules que lo miraban con intensidad. Bailaron todo el tiempo, la llevaba con maestría en las complejas figuras del rock. Podía sentir la elongación de su cuerpo pendiente de aquellas manos firmes y cálidas, las mismas que, cuando llegaron los lentos, quebraron su cintura apretándola contra el cuerpo masculino y fibroso. En el medio de la pista se besaron.  La llevó de regreso en el auto, reciente regalo de su padre. Silvia sabía que todos estaban mirando, pero eso ya no le importaba. El amanecer los sorprendió en el parque. Julio la acercó entonces a su casa. En esa oportunidad pensó que, siendo la primera vez, no quedaría embarazada. Y, lamentablemente para ella, tuvo razón: no ocurrió. Silvia había tenido cuidado de que Julio estacionara el auto a dos cuadras de su casa. El pretexto era que no la viera su padre. Pero la verdad era exactamente a la inversa, no quería que él viese las miserias de su familia. Él era tan de sociedad, padre con campo, no entendería nada.

—¿Te acordás cuando éste —y con el gesto señaló a Daniel— se hizo pasar por el Julio y te citó a la salida del colegio? —insistía Néstor, con la terquedad de un alcohólico.

Cómo no iba a recordar esa tarde horrible. El llamado llegó al día siguiente, era domingo. La voz en el teléfono había sonado un poco más ronca, pero no pudo darse cuenta de nada. Le decía tantas cosas lindas, se mostraba tan romántico, mucho más que cuando estuvieron juntos. Hablaba tan natural, traía referencias de la noche en el parque, como además había prometido llamar, ¿cómo iba a sospechar? La estaba citando para el lunes a la salida del colegio. ¿Por qué el lunes? Hoy no podía, el padre lo mandaba al campo a llevar unas vacunas y unas órdenes para los peones. Además, a la salida del colegio iban a estar todos para verla con él, era evidente que quería que los viesen.

—Sí, te fuiste pintada que parecías una acuarela, me acuerdo que la celadora te hizo lavar la cara pero te repintaste igual. ¿Hasta qué hora te quedaste? —continuaba monologando Néstor.

Daniel estaba seguro de que Néstor destilaba veneno por la herida, Silvia nunca le había dado pelota y ahora, con un par de copas de más, largaba todo lo que podía para lastimarla.

—Bueno, paren che. Y vos, dejate de joder —intentó frenar la cosa Jorge cuando vio la cara de Silvia.

La sombra del silencio se devoró la conversación. Diecinueve pares de ojos se volcaban sobre los dos.

Hasta las ocho, podría haber contestado Silvia, pero no lo hizo. Hasta las ocho sufrió el frío que se le metía hasta el alma, mientras atesoraba tristemente los libros contra su pecho. Se fueron todos, dejándola sola en su desgracia. (Maldito mentiroso, hijo de puta, mejor no me llames porque no te atiendo, había decidido).

Y así fue. Cuando Julio llamó, Silvia no contestó. Se había jurado, sin embargo, que a la décima llamada lo iba a atender. Pero Julio sólo llamó nueve veces.

Daniel no sabía qué decir. Recordaba muy bien aquella broma que había interpretado a pedido de Néstor: una broma más. Néstor y Silvia se odiaban. A Daniel le constaba que el odio de Néstor era más por despecho, pero el de ella no tenía explicación. Silvia lo trató mal desde que lo vio, desde primer año, con una bronca que nadie supo entender. Participó  de la cosa sin ninguna intención, ni siquiera cambió la voz, dijo lo primero que se le ocurrió, Silvia se tendría que haber dado cuenta.

—Perdoname, Silvia, no pensé que lo ibas a tomar en serio —Daniel lo decía colorado, realmente avergonzado, se disculpaba delante de todos como si hubiera ocurrido ayer.

La vida de Silvia habría sido quizás muy diferente con Julio. Su matrimonio no era malo, pero tampoco bueno: dos hijos, problemas económicos, un marido adicto al trabajo, nada para festejar, y todo por una maldita broma de un pelotudo, ¿qué podía agregar?

—No tengo nada que perdonarte, son cosas de chicos —contestó finalmente Silvia, con simpleza.

La reunión continuó como si no hubiera ocurrido nada. Un rato después, Néstor se fue casi sin despedirse, nadie le prestó atención, pero todos se sintieron aliviados. Daniel no fue al asado que tenían programado para el día siguiente. En realidad no fue casi nadie. Carlos estaba amargado; juró que la de los treinta y cinco no la organizaba.

“Cosa de chicos” pertenece al libro El Otro Jardín. (Simurg, 2009)

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