El Bolso

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1977. Junio. Se encontraron en el ascensor. Por un momento dudó de saludarla. Estaba cambiada: lucía rubia, con el pelo recogido y usaba unos lentes pequeños que le daban aire de nena. El flaco que estaba con ella tenía el pelo muy corto, con la cara lavada, sin bigotes.

Finalmente procedió a un saludo mínimo, inexpresivo:

—Hola, ¿cómo estás?

El flaco se quedó callado. Ella atinó la respuesta:

—Bien —y nada más.

Cuando se bajaron en el octavo después de cerrar la puerta, Santiago escuchó que el flaco preguntaba:

—¿Quién es?

—Es de la facultad, un intelectualoide, no pasa nada.

Habían hablado en voz muy baja, ignorando seguramente que Santiago tenía un oído extremadamente sensible. Intelectualoide le dolió, y sobre todo le dolió mirarse al espejo del ascensor, ya no tenía siquiera apariencia de intelectual. En apenas dos años, la facultad había quedado lejos, como algo que pertenecía a otra geografía. Sí, eso era, Buenos Aires ya no era la misma, los lugares no eran los lugares, la gente ya no era más la gente. Más que una ciudad ocupada era una ciudad cambiada, sustituida. Él mismo no era ya el estudiante crónico, intelectual apasionado por la búsqueda libresca del conocimiento. Ahora habitaba como un simple empleado en un laboratorio de fotocromía. Ganaba además algún dinero extra los fines de semana como fotógrafo social. Era eso y un largo tiempo vacío, nada más. De Analía sólo conservaba un vago recuerdo como compañera de estudio en las tardes de café. Podía reconocer al flaco, que entonces llevaba bigotes pronunciados con gesto adusto, viniéndola a buscar siempre urgido y misterioso. Sabía que eran militantes y no había querido saber más; ahora seguramente estarían en la clandestinidad preservando sus vidas. (No debió haberlos saludado, no era conveniente que lo vincularan con ellos). Santiago se arrepintió, aunque tarde.

Julio. El timbre sonó dos veces. Abrió directamente. En la puerta estaban los dos. Pidieron pasar. Santiago hizo el gesto de adelante y todos se sentaron en el comedor. El asunto era simple, debían dejar el departamento y tenían unas cajas de libros que no se podían llevar.

—¿Nos las podés guardar por unos días? En cuanto nos ubiquemos te las venimos a buscar.

Santiago empezó a decir que… bueno, si era poco, porque… Tampoco tengo mucho lugar.

—Tenés la baulera —marcó Analía.

Recordó entonces que el departamento tenía baulera. Los pisos pares tenían baulera, los impares no —vaya a saber por qué. También que no tenía la llave, la dueña se la había dejado al portero para retirar algunas cosas que no se podía llevar en el momento en que le entregó el departamento. Mencionó el tema y Analía tuvo una respuesta inmediata:

—Ya sabemos. Ramón nos dijo.

Perdida la última excusa para decir que no, estaba incomprensiblemente obligado a ser solidario, a no negar ayuda más allá de las circunstancias. Finalmente aceptó y esa noche cuatro cajas de libros bajaron subrepticiamente a la baulera, ubicada en el sótano, apiñándose con dos mesas de luz, un colchón y menesteres menores ya existentes. Además de las cuatro cajas bastante voluminosas, el flaco agregó a último momento, un bolso de cuero marrón, que ubicó detrás de todo. Ramón no quiso quedarse con la llave y se la entregó formalmente a Santiago. No los volvió a ver. Por Ramón se enteró de que se mudaron dos días después sin dejar dirección ni dato alguno.

Agosto. Santiago conoció a Malena, que pronto empezó a venir y a quedarse a dormir algunas veces, en especial los fines de semana. Poco a poco, sólo Malena venía al departamento. Era una buena piba, algo parecido a una novia.

Octubre. Viernes. Alrededor de las dos de la mañana, el ruido sonó como una explosión en el pasillo. Después se sucedieron las voces, los gritos, los golpes. Santiago saltó de la cama y corrió hasta la puerta. Como estaba en calzoncillos, intentó mirar por la mirilla antes de asomarse. Algo blancuzco le tapaba la visión. Tardó en darse cuenta de que se la habían tabicado con cinta adhesiva. Se quedó paralizado tratando de escuchar los acontecimientos. En un primer viaje de los ascensores se los llevaron a todos, al padre y los dos hijos. Distinguió claramente la voz del hombre que protestaba. Después sintió el golpe seco, la chica que gritaba, otros golpes, el primer ascensor que bajaba, la puerta del segundo y otra vez abajo. Se sucedieron los viajes. Hablaban bajo pero algunas palabras llegaban hasta Santiago. Se estaban llevando las cosas: una heladera, un televisor, algunos muebles. Al día siguiente, Ramón susurró detalles escalofriantes del procedimiento al que asistió como involuntario colaborador, cuando tuvo que abrir la puerta de entrada al edificio. Santiago comenzó a pensar en la baulera. El domingo a la mañana bajó al sótano. Necesitaba saber qué cosas había guardado, evaluar el riesgo. Las cajas no le produjeron sorpresas. Eran libros, revistas viejas, cosas en general dignas de ser quemadas sin más trámite, como después lo haría, junto con sus queridos libros, en la parrilla de la terraza. Le llegó el turno al bolso. Con dificultad lo retiró del fondo, corrió el cierre de bronce y metió la mano con urgencia. Debajo de un pulóver y un pantalón viejo había dos pistolas y cuatro cargadores sueltos con municiones. Sintió pánico. Cerró todo y subió al departamento. La única preocupación, desde ese día, fue cómo sacarse el bolso de encima. Durante la semana meditó alternativas pero todas ellas le parecían demasiado arriesgadas. Salir portando el bolso ya era un problema; tenía apariencia demasiado formal para que no resultara sospechoso. Sacar las armas separadas podía ser una locura dadas las requisas que había. A Santiago lo habían parado más de una vez, cuando salía con el bolso donde llevaba el equipo para hacer su trabajo de fotógrafo. Tenía miedo, mucho miedo y razón en tenerlo. Finalmente elaboró un plan: las armas saldrían en un inocente paquete de confitería. Las sacaría un domingo por la mañana (los domingos la gente compra masas, facturas, milhojas, cosas dulces). No resultaría sospechoso alguien llevando sólo un pequeño paquete. Luego buscaría algún baldío predeterminado y las arrojaría allí. Tendría que ser temprano, pero no muy temprano, como a las ocho, o mejor a las nueve, muy temprano puede ser sospechoso, la gente no se levanta temprano los domingos.

Santiago realizó varios desplazamientos en colectivo, inclusive el siguiente domingo por la mañana. El 101 le pareció la mejor alternativa. Lo llevaba hacia la zona sur donde la construcción de la autopista había dejado un buen número de baldíos. Eligió uno cercano al recorrido del colectivo. Después recorrió las paradas próximas a su casa y determinó dónde era mejor subir. Cronometró el horario en que debía tomar el colectivo y verificó el lugar dónde bajar. La primera cuadra, después de cruzar la avenida San Juan, parecía la mejor opción. Desde allí sólo debía caminar doscientos metros por una calle empedrada y solitaria, con grandes árboles en las veredas. Las casas eran bajas y el número de ventanas indiscretas, menor. En la esquina había un baldío que se prestaba para tirar el paquete de uno u otro lado de la ochava, según conviniera.

El tercer domingo del mes le pidió a Malena que no viniese. Puso como pretexto un viaje para llevar y cobrar unos fotocromos a Bahía Blanca, un cliente especial, el dueño no podía ir y lo mandaba a él. Casi le cuesta una pelea cuando Malena quiso acompañarlo, pero todo pasó. Esa noche no durmió producto de la tensión. Esperó la mañana con el martirizante presentimiento de que justo esa noche lo allanarían a él. Nada pasó. Al amanecer, y mucho antes de lo planeado tenía hecho el paquete con la bandeja de las milhojas compradas el día anterior, que quedaron en un plato sobre el mármol de la cocina para comerlas a la vuelta. Agregó una hoja más de papel blanco por dentro para evitar que se trasluciera el contenido, después el papel de la confitería y la cinta dorada. Algo no había pensado: el paquete era más pesado de lo normal así que no podía llevarlo de la cinta sino tomado por la base cosa que podía resultar poco usual. Pero ya estaba. Ocho y cuarto tomó el ómnibus. Pagó con cambio y se sentó por el medio contra la ventanilla; el vehículo estaba casi vacío. Cuatro cuadras más adelante subió un tipo de traje que le hizo un gesto al chofer y no sacó boleto, (como hacían los policías), avanzó por el pasillo. Santiago permaneció con la vista fija en la ventanilla. El sujeto se paró junto al asiento y, después de unos segundos interminables, se sentó junto a él. Santiago lo miró de reojo mientras el tipo se acomodaba los pantalones para no deformarlos en las rodillas. Teniendo tantos asientos libres, se sentó justo a su lado. (¿Lo vendrían siguiendo?) Santiago miró con disimulo por el espejo del frente. Detrás circulaba un falcon verde, acompañando lentamente la marcha del colectivo. Santiago estuvo a punto de bajarse, sólo lo impidió el cuerpo del hombre sentado a su lado. El tipo tendría unos cincuenta años, traje marrón impecable, medio calvo, delgado. Notó que lo miraba con curiosidad desde el comienzo. Es decir miraba el paquete con exagerada atención. A Santiago le empezaron a transpirar las manos, signo inequívoco de que tenía miedo. Como siguiendo una conversación anterior, escuchó que le decía:

—Son buena las masas de la Ideal. A mi mujer le encantan.

Santiago asintió, y en un derroche de explicación innecesaria dijo:

—Sí, a mi vieja le gustan también y como hoy cumple años le quiero llevarunas milhojas.

—Ah, es de Escorpio.

Maldita sea la hora de inventar lo del cumpleaños, qué carajo sabía el signo que le correspondía a ese día, ¿y si era una trampa?, arriesgó:

—Sí, aunque no entiendo mucho del horóscopo.

 Penoso, Santiago sentía que la conversación era una tortura, esperaba que en cualquier momento el hombre sacase un arma y lo encañonara. El tipo seguía y seguía.

—Sos del Once, yo vivo en…

 Cuando por fin llegó a la parada tuvo por un momento la sensación de que el hombre se iba a bajar con él, pero no, sólo se cambió de asiento, ubicándose detrás del conductor. El falcon había desaparecido en algún momento del recorrido. Respiró tranquilo.

Las dos cuadras fueron eternas, tenía que caminar naturalmente y llegar justo a la esquina del baldío en un momento que no lo viera nadie. Una mujer de vestido azul caminaba adelante. No había nadie más en esa calle. Pensó que no debía sobrepasarla, no antes de la esquina, porque lo podía ver tirar el paquete. Amoldó el paso al ritmo de ella. También debía mirar detrás, disimuladamente, que no saliera nadie de las casas vecinas. Tuvo suerte. La señora dobló en esa misma esquina y con un sólo movimiento pudo arrojar el paquete por sobre la pared. De inmediato dobló sobrepasando rápidamente a la mujer, después en zig zag hizo varias cuadras y siguió caminando hacia el sur, dejando que se le calmaran los nervios. Ahora tenía la vida por delante.

Media hora después estaba en la parada esperando el 101. El colectivo llegó, subió ágil y, después de sacar boleto, se sentó distendido detrás del conductor. En la parada siguiente subió de nuevo el tipo del traje marrón, se dirigió directamente a Santiago mientras decidido metía la mano debajo del saco… y con gesto serio dijo:

—Boletos.

Santiago buscó torpemente en el bolsillo hasta que encontró el papelito, estiró la mano todavía confundido y, mientras el tipo se lo picaba mirándolo a los ojos, escuchó la pregunta:

—¿Le gustaron las milhojas a su madre?


“El bolso” pertenece al libro En saco ajeno. (Secretaría de Cultura, Municipalidad de Gualeguaychú, 2007)

Éste y otros libros de Carlos Costa se pueden obtener en Galerna Libros