El Temblor

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La llanura, después del alambrado, se extiende cenicienta bajo la luz de la luna. Avanzamos al paso, los dos paisanos adelante, en el medio las mujeres y nosotros cerrando la fila.  Los mosquitos nos torturan con sus continuas picaduras pero nada podemos hacer, salvo espantarlos de vez en cuando (me pregunto cómo soporta el caballo toda esta tortura, a la que se agrega la de las chinches y garrapatas). Somos bastante flojos, hemos olvidado las delicias de nuestros orígenes como especie, pasamos de mono a pitecántropos, de pitecántropos a Homo sapiens, de Homo sapiens a civilizados y aquí estamos, incapaces de soportar los mosquitos en una noche de verano. Larga, si se quiere, esta noche de retirada. Interminables los vados y cuchillas.

No deja de preocuparme la luna: nuestras figuras se deben ver desde lejos. Aunque por esta zona sólo podríamos encontrar algún puestero de vez en cuando, no ha de faltar alguien que avise sobre “seis de a caballo rumbo a la frontera”. Podrían también confundirnos con los contrabandistas y, en ese caso, nos cubriría el pacto de silencio de la región; pero tal vez no, tal vez alguien quiera ganarse algunos pesos o hacer algún mérito con los militares y entonces estaríamos jodidos. Mi mano se corre casi involuntariamente hacia la pistola (sería inútil resistirse estando tan mal armados, pero mejor la muerte que la tortura). Ya nos hemos juramentado: si alguno cae herido y no puede hacerlo, nos ayudaremos a bien morir. Tanto pelear para terminar matándonos entre nosotros. Los baqueanos son otra cosa, estos van a caer inocentes, no saben en lo que se metieron, pobre gente.

Nos introdujeron en la arboleda antes de que clareara, de aquí en más seguimos a pie. En diez kilómetros tenemos que encontrar el río: “sigan para el Este, ahí lo van a encontrar; si se desorientan, toquen los árboles, la parte húmeda es la que da al Sur”. A esa altura están los rápidos, es un mal lugar para cruzar a nado pero, precisamente por eso, lo han elegido: nadie pensaría que pretendemos cruzar sin canoa. Del otro lado hay que caminar hasta el casco de una fazenda, el encargado es del Partido, nos va a dar lo que necesitemos para llegar a Porto Alegre. Noelia habla bien el portugués, estuvo viviendo tres años en Brasil antes del golpe, ahora eso nos va a servir; en Porto Alegre tenemos un contacto, nos va a dar la documentación que necesitamos para tomar un avión. Todo parece fácil, demasiado fácil. Cuando le pagué al paisano noté que le temblaba la mano, es muy joven para tener Parkinson y muy corajudo para tener miedo, salvo que la traición lo ponga nervioso. Ángel opina que estaba nervioso por la situación; no obstante, tomamos algunas precauciones y apresuramos el paso, el río ya suena delante de nosotros, les ordeno que se queden en el monte y me adelanto a reconocer el terreno.

Todo parece normal: las orillas están desiertas, algunos pájaros volando de un punto a otro del río me tranquilizan. Si hubiese habido presencia humana, ellos lo hubieran sabido. Comenzamos a cruzar. Helena no sabe nadar, no nos dijo nada hasta este momento. Ángel se ofreció a cruzarla sobre su espalda. Noelia ya estaba del otro lado, yo quedé para lo último. Ellos avanzan entre la corriente que los desvía, el cuerpo de Helena es empujado por la fuerza del agua río abajo sin que Ángel pueda corregir el rumbo. Noelia se va corriendo por la otra orilla a la espera de poder ayudar. Poco a poco los voy perdiendo de vista; el ruido de los rápidos no me permite distinguir los primeros disparos pero ahora no me cabe duda, alguien está gritando órdenes, parece que buscan a uno más.

“El temblor” pertenece al libro El Otro Jardín. (Simurg, 2009)

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