El viaje

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La lluvia golpetea las chapas de zinc, lo mismo desde hace siete días. Hundidos sobre los tres colchones de lana superpuestos, nos dejamos estar, empalagados ya de tanto hacer el amor. En un rato iremos al salón, la dueña como siempre nos servirá té acompañado con scones, mientras escuchamos sonar boleros en un viejo combinado.

El salón es grande y tiene un muy bien lustrado piso de pinotea, la misma pinotea que cubre las paredes y el techo. Del lado de afuera todas son chapas de zinc. Viene una vez más la mujer con sus scones. Hemos engordado en estos días, ¿7 kilos? ¿tanto? El amor no consume las energías que suponemos, pero qué otra cosa hacer mientras siga lloviendo.

—¿Tiene alguna noticia del tiempo?

—La radio dijo que para mañana va a dejar de llover.

—Si para, seguimos, estamos atrasados.

—Van a tener que esperar unos días más, los caminos están mal.

—Nos largamos lo mismo, después se verá.

Hicimos trescientos metros. El fiat 600 no pudo con las huellas que dejaban los camiones. Me mortifica el orgullo más que la impaciencia. Volvemos a los scones y la cama del jergón desvencijado.

Nos asesoramos sobre la ruta. Tomamos por la más corta que cruza directo hacia el oeste; es un camino secundario que usan los troperos en la época de esquila. Pronto, la huella se confunde con las marcas que deja el viento patagónico. Tierra desierta, pastizales duros, escasos arbustitos, rebaños de ovejas vagando por la inmensidad. Es todo lo que nos rodea. Tengo la sensación de que somos apenas un precario juguete de lata. Al fondo las montañas, con los picos blancos, son la única referencia imponente en el horizonte. El camino sube constantemente a medida que nos acercamos; estamos abandonando la meseta. Lo que parecía un punto a lo lejos, resulta una precaria casa de piedra y chapa, plantada junto a un solitario calafate. El paisano casi no puede hablar por la borrachera, lo único que entiendo de lo que me dice es: “por ese lado” y “el camino lo lleva”. Las maras, los guanacos y algunas bandadas de ñandúes se cruzan con nosotros, ya no se ven ovejas. Hay una bifurcación, voto por el de la izquierda. A Ana le parece el de la derecha. Tiramos una moneda, vamos a la izquierda. Comenzamos a bajar, el río debe estar cerca. El camino se hunde en un estrecho cañón, las paredes rojizas crecen a nuestros lados a medida que avanzamos y nos van cercando. Es muy estrecho ahora, casi rozamos con las puertas. Se acabó, no se puede seguir. Camino hacia adelante unos cien metros, hasta un recodo. Lo que sigue es sólo un sendero. Nos equivocamos. Desde donde estoy tengo la perspectiva de lo que descendimos, estamos como cuatrocientos metros debajo del comienzo del barranco. El seiscientos no tiene fuerza para subir marcha atrás; arranca y se para, las paredes nos impiden girar, estamos en problemas. Antes que se acabe la batería tengo que decidir algo. Sugiero probar la fuerza combinada, motor más empujar. Ana toma el volante, yo empujo, el auto retrocede unos metros, a mí se me acaba el aire. Ana frena el coche para que no me atropelle, pero igual comienza a deslizarse. Le meto un pedruzco debajo de la rueda. Se detiene.

Hemos repetido la operación como veinte veces. Estamos llegando a un tramo más ancho. Intentaremos hacerlo girar. Lo conseguimos, comenzamos a trepar la cuesta. Siguiendo el camino de la derecha eran apenas cuatro kilómetros. Estamos sobre la barranca, cien metros más abajo el río corre por lo que fue el valle de un glaciar que mide como dos kilómetros: el agua es apenas un hilito en el medio. Buscamos las cuevas, no las vemos por ningún lado. En la otra orilla hay una pequeña entrada, como un alero debajo del borde de la otra barranca. En el medio veo un pequeño orificio; debe ser eso. Nos sacamos las camperas y comenzamos a bajar. La pared es casi vertical, apenas nos podemos apoyar en algunas piedras salientes, o en unos huecos que alguien parece haber cavado con este propósito. Le grito a mi mujer que no mire para abajo, pero necesariamente hay que mirar para apoyarse. Me pregunto si podremos volver a subir.

Después de recuperar el aliento nos largamos a cruzar. El río no es tan chico como se veía, tiene unos cincuenta metros. Ana se sube a mi espalda, no hace falta que nos mojemos los dos. El agua está helada, me llega hasta la ingle, espero que las zapatillas se me sequen antes de la noche. Del otro lado, la barranca tiene un senderito de serpiente, trepamos con facilidad. La cueva es enorme y el alero tiene más de cien metros, las pinturas están por todas partes; hay manos pintadas en colores rojos, blancos, verdes, ocres, algunas están en positivo, en otras, la pintura rodea el lugar donde estuvo apoyada. Hay también animales rudimentariamente dibujados, mientras corren o pastan y algunos signos misteriosos. Recorremos todo sin apuro. La cueva tiene restos de miles de hogueras, tiznes, huesos esparcidos. Camino hasta el fondo, hay como un pequeño nicho, la piedra está desgastada por el roce de viejas humanidades. Vuelvo hacia la entrada. El sol que se está poniendo ilumina el valle con sesgados rojizos. Algunos guanacos se acercan a beber, un cóndor planea en el cielo. No hablamos, sólo miramos extasiados. Mi reloj marca las diez, nos queda una hora de luz.

Comenzamos el descenso. Ana se está patinando. Corro para ayudarla, me resbalo también, no obstante entre los dos nos sostenemos. Algo se me cae del bolsillo. Miro instintivamente en esa dirección. No llevamos cosas de más, todo es valioso; la llave del coche penetra en una grieta diez metros más abajo. Descendemos ayudándonos mutuamente. En el fondo de la estrecha ranura está la única llave que tenemos. La noche nos envuelve antes de que podamos rescatar la llave. Con la oscuridad, el viento se hace más intenso y frío, el pantalón y las zapatillas siguen mojados, tengo los pies dormidos. Propongo volver y refugiarnos en la cueva, “con la oscuridad no vamos a poder subir la otra pared, además tampoco podremos abrir el auto”. Ana coincide, volvemos a subir.

Tenemos mucho frío, hambre y sed, mucha sed. Nunca pensé que el frío provocara sed. Nos abrazamos para darnos calor. El pequeño fuego que logramos encender apenas nos calienta en la inmensidad de la caverna. Nos hemos acomodado en el nicho de piedras desgastadas, aquí se está un poco mejor. ¿Sería este el lugar de los niños o los ancianos? Acordamos no dormir, hace tanto frío que quizás no despertemos. Hablamos de cualquier cosa, hago planes de cómo rescatar la llave cuando salga el sol, elijo que ruta tomar para llegar a Neuquén. Ana anticipa cuántos hijos vamos a tener, trae comentarios sobre la fiesta del casamiento. Recuerdo que no pagué la factura de luz. Cuando volvamos la vamos a tener cortada. Contamos mentalmente los regalos. Nos vamos quedando en silencio, el fueguito se apaga por falta de combustible, afuera el viento silva y se mete arremolinado en la cueva, la luna ocupa el centro de la entrada, es enorme, se pueden ver nítidamente los valles y montañas. Me quedo absorto mirándola, como seguramente la habrán visto ellos, junto al fuego, envueltos en sus abrigadas pieles.


“El Viaje” pertenece al libro En saco ajeno. (Secretaría de Cultura, Municipalidad de Gualeguaychú, 2007)

Éste y otros libros de Carlos Costa se pueden obtener en Galerna Libros