Esperando a Godot

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Los O‘Brian eran originarios del barrio sur, cerca del puerto. Miguel tuvo así una familia, concurrió a la escuela y creció como una persona común. Pero al cumplir veinte años se fue a vivir junto al río. La gente lo conocía, y nadie consideraba por entonces que su elección tuviese algo de particular; ni podían tampoco imaginarse que Miguel O´Brian esperase algo.

Durante los primeros veinte años, sin embargo, había esperado como todos tener un trabajo, una casa, un amor, en el orden que se quiera. Hasta que finalmente la natación y el remo lo acercaron al río. Desde ese momento empezó a esperar la gloria del podio. Pero la gloria apenas lo rozó. Entonces se avino a creer en otras posibles alternativas, con iguales modestos fracasos.

Andaba por los cuarenta cuando decidió pintar. Nunca tuvo maestros, lo hizo todo por sí solo. Descubrió sin ayuda la técnica del color, la perspectiva, las proporciones. El uso del pastel, la acuarela, el óleo, el acrílico. Con buen criterio terminó adoptando el óleo y durante cinco años pintó. Pintaba en solitario, sin mostrar sus obras, que en general terminaban tapadas, en la misma tela, por nuevas creaciones en las cuales juzgaba que había logrado una cuota adicional de perfección.

Por sobre todas las obras anteriores el cuadro quedo terminado. Su ¡obra! estaba concluida:

 “Sobre un recodo del río se ven dos hombres extrañamente vestidos. El primero está tendido contra el tronco de un árbol, sosteniendo con desgano la soga que retiene una embarcación recién botada, el otro está parado junto a su bicicleta. Se ve parte del camino de la costa, y la vegetación que cubre el fondo, algunos pájaros vuelan en el cielo. Cuando se observa la imagen involuntariamente la atención recae sobre los dos hombres como bajo la influencia de una misteriosa fuerza gravitatoria. Los gestos parecen ser el sostén de un diálogo invisible del que nadie puede abstraerse, aunque resulta imposible precisar, mirando los detalles, en cuáles de ellos está sugerido. El tratamiento de color falsea sutilmente el naturalismo de la imagen dejando la sensación de una realidad superpuesta pero creíble. Para lograr todo esto el artista debe haber empleado mucho tiempo ya que todo está pintado con infinitas pinceladas diminutas de diferentes colores”.

Colgada entre las muchas que participaban de la muestra en el Instituto Sarmiento se diferenciaba netamente de las demás obras en exhibición. Estas eran sin duda la producción mediocre de los limitados artistas locales, expertos en aburridas naturalezas muertas, empalagosos paisajes, autorretratos narcisistas y torpes pinturas naif. Casi todos los concurrentes solían detenerse un poco más contemplando este cuadro, muchos quedaban además intrigados por el nombre “Esperando a Godot”. A pesar de ello, los premios fueron otorgados siguiendo el curso previsible de la visión conservadora de los curadores y esta obra no figuró entre las premiadas.

Mientras duró la muestra O´ Brian se quedaba parado en silencio al lado de su obra esperando algún improbable comentario. El día anterior al cierre no pudo más. Por la galería vio venir a unos muchachos. Los conocía como integrantes de un equipo de remo. Esperó impaciente que los jóvenes, que recorrían pausadamente la muestra, llegaran hasta él.

Con entusiasmo rompió su silencio y les presentó su trabajo. Los muchachos miraron sin expresión todo aquello. Cuando le pareció que el tiempo transcurrido era suficiente se animó a pedirles la opinión. El que tenía lentes presumió de entendido y opinó por los tres: habló de los colores falsos, de la vestimenta ridícula, de los gestos antinaturales y algunas cosas más. El pintor agradeció con seriedad aquellas palabras por considerarlas un gesto sincero.

Al día siguiente tuvo lugar la entrega de premios: O´Brian no estuvo y hasta debieron citarlo, unos meses después, por nota para que retirara la obra. La desafortunada experiencia sin embargo no pareció afectar su vida, aunque, a partir de allí, supo vérselo muchas veces ocioso en la orilla del río.

 Se ve parte del camino de la costa y la vegetación que cubre el fondo, algunos pájaros vuelan en el cielo, el río parece formar un recodo. Un hombre recostado contra un árbol agarra una soga laxamente reteniendo la pequeña embarcación recién botada. Por el camino de la costa se ve llegar lenta una bicicleta; parece que no los alcanzará antes de que la lancha parta. El motor es activado varias veces sin suerte. El hombre de la bicicleta se detiene finalmente junto al que sostiene la soga.

O´Brian, apoyado en la bicicleta, habla de la bajante, asegura que, para la tarde, volverá a crecer porque el viento está cambiando, el otro comenta que no cree que haya buen pique en la desembocadura, ambos remarcan la conversación con ampulosos gestos. La presencia del que activaba la lancha no ha sido notada, pese a que en algún momento subió la barranca y ahora esté apenas a un metro de ambos.

 —¿Se acuerda de él?—dice el de la soga, sin levantarse, como introduciendo al tercero en esa conversación.

—¿Cómo está? —agrega el recién llegado procurando ayudar a la memoria del anciano.

—Claro que me acuerdo de vos, ¿qué decís?, ¿dónde estabas? —pregunta con tono de reproche.

—Afuera, vengo de vez en cuando. ¿Y usted?

—Aquí al lado, tengo una casita por allá —indica con un gesto de su mano izquierda.

—Siempre cerca del río  —agrega el de la lancha, como para seguir el diálogo.

—Éste me tiró al bombo cuando pintaba —expresa el viejo intempestivamente tomando como testigo al hombre de la soga.

—Fue hace cuarenta años, yo era un pibe —se justifica el acusado sin mostrar ninguna sorpresa.

—¡Cuarenta y uno! Me había pasado cinco años pintando, y cuando por fin expuse, viniste a decirme “esto es una porquería” —la carga del enojo enronquece la voz de O´ Brian.

—No, no dije eso, habré dicho “no me gusta”, yo no sabía nada de arte —se defiende ahora el de la lancha sin mirar al viejo.

—Sí dijiste “esto es una porquería”, me acuerdo bien, ¡sí señor! —insiste el viejo con vehemencia.

—¿Y sigue pintando? —procura conciliar el acusado ante la inutilidad de su defensa.

—No, lo dejé ahí, me desanimaste —concluye inapelable mirándolo directamente a los ojos.

 La embarcación se aleja veloz, planeando sobre las aguas mansas, el que conduce le comenta a su acompañante.

—¿Puede ser que este tipo me haya esperado cuarenta años para echarme en cara una pendejada?

—Parece que sí —y luego agrega con tono de reflexión. —Ahora que te lo dijo ¿le quedará algo por esperar?

Ninguno de los dos arriesga una respuesta.


“Esperando a Godot” pertenece al libro En saco ajeno. (Secretaría de Cultura, Municipalidad de Gualeguaychú, 2007)

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