Historia escabrosa de unas rosas amarillas

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Roberto se ve obligado a dar marcha atrás y dejar el auto contra el cordón de la vereda. Entra a su casa con el control en la mano. Hay pocas cosas que le dan bronca, que lo sacan de quicio. Que le ocupen la cochera es una de ellas. Detrás se cierran las rejas y el portón, respondiendo al invisible flujo de su voluntad. Reconoce el coche. Es del personal trainer de Malena, su mujer. A esta hora debe estar con ella en el gimnasio llevándole la cuenta de las flexiones. Que fácil se ganan la vida algunas personas, piensa.  En ese momento se acuerda de las flores. Tendría que volver a buscarlas al auto pero no tiene ganas de volver; en realidad, no tiene ganas de dárselas delante del maricón ese. A esta altura está pensando en el personal trainer, lo imagina sobre la colchoneta mostrándole a Malena cómo levantar la pierna para fortalecer los glúteos. Debe reconocer, sin embargo, que el tipo tiene más lindo culo que su mujer.  Sube al dormitorio para sacarse el traje y  ponerse algo cómodo. La puerta está cerrada, hay un filete de luz que contornea el marco. Malena se dejó la luz prendida, piensa. El único que cuida esas cosas soy yo, dice. Abre la puerta. Malena cabalga desnuda sobre el cuerpo, también desnudo, del personal trainer. Malena no lo ve y no lo escucha porque está concentrada en sus propios grititos. El personal trainer sí lo ve y comienza a separar su cuerpo de Malena. Ella cae de espalda sobre las sábanas, todavía excitada, el personal trainer se sienta y se para, casi simultáneamente. Roberto va hacia el vestidor, se cruza con el personal trainer sin tocarlo, este  corre a la silla y recoge su ropa de un manotazo, Malena grita: ¡tiene un arma!, ¡no, Roberto, no lo hagas!, y se interpone entre los dos. El personal trainer escapa con la ropa en la mano. En el apuro olvida las zapatillas y las medias. Roberto le da un empujón a su mujer y ella cae al piso. Después corre detrás del personal trainer escaleras abajo. Le grita ¡hijo de puta! ¡Te voy a matar! Más adelante, en la 24, cuando haga la declaración, tendrá cuidado de omitir esta parte. El perseguido llega al garaje todavía desnudo, intenta ponerse el calzoncillo pero desiste al ver que Roberto entra con el revólver en la mano. Corre hasta el portón y abre la puerta de servicio. Delante están las rejas. Cuando escucha los dos tiros se precipita hacia ellas. Roberto ve como brilla, al sol del atardecer, el culo del personal trainer, que está montado en  la reja tratando de eludir las puntas de lanza. Tira un tercer tiro al piso. El hombre se asusta, cae de golpe hacia el lado de la calle y se retuerce en el piso a los gritos. La sangre comienza a salpicar la vereda, una de las puntas lo ensartó. Roberto se asusta y tira el revólver detrás de unos arbustos. Abre el portón con el control que tiene en el bolsillo y corre hacia él para ayudarlo. Los vecinos están asomándose. Se arrepiente de haber tomado el revólver, de los tiros que disparó, se pregunta si los vecinos habrán escuchado, si unos pocos disparos al piso lo convierten en culpable de castración, si va a sufrir un juicio civil. Y mientras piensa todo eso, se acerca al personal trainer que llora y se retuerce en el piso. “Calmate”, le dice, no te voy a hacer nada. El otro se calma. La gente empieza a acercarse.  Con una manga de la camisa del herido le improvisa un torniquete. El herido grita por el dolor que le provoca el torniquete. Aparece una ambulancia que algún vecino debe haber llamado. Lo suben. Roberto lo acompaña, pensando que así le bajarán la pena. No fue mi intención, yo lo ayudé Señor Juez, va a poder decir, piensa. En el hospital lo dejan afuera. Viene un policía y le pregunta. Él le cuenta cómo se lastimó. El policía le pregunta que hacía ese hombre desnudo saltando las rejas. Roberto le explica que escapaba de la casa de una amante y entonces piensa en Malena, en la palabra Malena-amante, y siente algo raro. El policía se interesa por los detalles. Roberto considera que lo hace de morboso y agrega muchos “no sé”, “no recuerdo”. Aparece Malena. Se ha cambiado. Se ha puesto un vestido marrón corto, ajustado, los tacos altos y  medias del mismo tono. Sólo se ha pintado los labios. “Hijo de puta”, le dice. “La vas a pagar”. El policía le pregunta. ¿Usted es el marido? Tiene que admitirlo.

En la 24 lo separan de Malena. La ve por un vidrio mientras presta declaraciones. La ve gesticulando. Se pregunta qué dirá. La policía es inteligente, la interrogan primero a ella, después a él, para que se contradigan, piensa. ¿Le estará contando lo del revólver? Malena sale y se cruza con Roberto. Lo mira a los ojos. Le parece que hace como que niega con la cabeza.  El policía es pelado. Roberto piensa que eso no es importante. Pregunta lo mismo que el del hospital. Entonces, ¿usted lo corrió?, ¿lo amenazó? No recuerdo, no sé, estaba obnubilado. La emoción violenta puede llegar a ser su defensa.  Cuando termina el interrogatorio, ha pasado una hora.  Lo llevan a un cuarto vecino. Desde allí puede ver, por la puerta entreabierta, a Malena discutiendo con una mujer. Trata de escuchar. Es la mujer del personal trainer. Es grandota si le pega un tortazo la desarma. Pero como están en la comisaría no se va animar, por eso Malena le hace frente. Escucha clarito que la grandota grita algo acerca del “cornudo de tu marido”. Entonces se siente retrospectivamente ridículo comprando esas rosas en la calle. La culpa fue del calor, piensa. Porque hacía calor, salió antes del trabajo. Porque hacía calor, llevaba la ventanilla abierta, y como la llevaba abierta, no pudo resistir al vendedor que le insistió con esas rosas amarillas, que él siempre supo que le gustaban a su mujer, y a Susana, la famosa conductora de televisión. Pero la diferencia es que él no es como el novio de la estrella, no es un empresario de los medios, ni un astro del cine, así que sólo se las regala en el aniversario de casados. Pero esta vez le quiso dar una sorpresa.

Afuera siguen los gritos. La voz aguda de Malena disputa el espacio auditivo con la voz hombruna de la mujer del personal trainer. Aparece un policía que dice que hay un abogado que viene por el matrimonio González. Malena hace como que no sabe quién lo llamó, pero tuvo que ser ella, es la única que pudo hacerlo. El abogado se pone a trabajar. Llega una mujer, dice que es abogada. Se saluda a los besos con la mujer del personal trainer. El abogado y la abogada discuten. Penal, civil, penal, civil. La abogada amenaza con daños y perjuicios, el abogado acusa de intrusión y de intento de robo. Malena dice que declaró que fue un intento de violación. La mujer del personal trainer atiende el celular. ¿Estás bien?, dice. ¿Vas a quedar bien? ¿Seguro que no es nada? El tono es sorprendentemente dulce, casi como de niña. Mientras habla,  mira a la abogada que le hace señas para que baje la voz. El abogado reacciona y  pide que se haga ya una pericia, que se secuestre la historia clínica, que se cite a declarar a los médicos de guardia.

Vuelven en el coche de Malena. Roberto se baja antes de entrar y luego guarda el suyo en el garaje. De alguna manera, Malena se pudo arreglar para sacar el auto del personal trainer antes de ir al hospital. Cuando está por bajarse, ve las flores. Piensa que si las deja en el auto se van a descomponer y le van a arruinar el tapizado. Se baja con el ramo en la mano. Va a la cocina y llena de agua un florero, las acomoda. Aparece Malena llorando. Le pide perdón. Le dice que la culpa también es de él, que no está nunca. Le dice que fue sin pensar. Que fue la primera vez. Que si él quiere, ella se va. Cuando dice eso, en vez de irse, se acerca. El llanto le da brillo a la cara. Ella se arrodilla como para pedir perdón. El vestido se corre un poco, Roberto le ve los muslos enfundados en las medias marrones, la cara mojada, los labios suplicantes. Piensa en Malena montando al personal trainer y se excita.  Saca el miembro erecto por la bragueta. Ella lo toma con una mano y se lo lleva a la boca. Se lo chupa, se lo acaricia con la lengua. Roberto mira las flores en el jarrón y acaba, pensando en la excitante tersura de esos pétalos amarillos.

“Historia escabrosa de unas rosas amarillas” pertenece al libro El Otro Jardín. (Simurg, 2009)

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