La baldosa blanca

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El sol fue bajando por la pared, cruzando el cantero de los rosales, después las baldosas, la negra, la blanca, otra vez la negra y ahí está, a mitad de la blanca siguiente. Son las doce, las doce del mediodía del 31 de diciembre. De aquí en más, el sol se irá yendo tan lento como llegó, subirá por la pared hasta desaparecer. Solamente hoy detiene su marcha sobre la mitad de la baldosa y por eso, nada más que por eso, esta noche acabará el año.

La mesa estará en el patio, seremos trece. Alguna vez llegamos a veinte pero trece es un número normal, habitual, cabalístico. No siempre hemos sido los mismos, ni somos los que fuimos; fueron muchas mesas, muchos comensales como para recordarlos a todos.  Llegarán con las manos llenas, se irán con el vientre rebosante. Tal vez ocurra una pelea o alguno piense en ésta como la última cena. Otro puede que llegue por primera vez de la mano de quien menos se piensa, habrá entonces que agregar un plato y una silla,  habrá preguntas, nombres que aprender.

Él no ha de llegar, todos sabemos. No aparece desde hace unos años, siempre se lo invita.  Me duele pensar que estará solo, que merodeará por la noche por las calles con su pena a cuestas. Me reconforta que sepa que aún tiene su lugar con nuestros hijos, que todavía lo consideramos. Tal vez esta noche sea distinta, tal vez haya llegado al punto en que se debe retornar. Será ésta o la próxima, bien sabe que no importa.  Estaré aquí, justo en el lugar donde estábamos cuando me ocurrió.  No será como antes, nunca nada es como antes, nunca como después. Después, cuando todos hemos aprendido eso tan simple que solemos complicar. Que nos solazamos en complicar, hasta que nos obligamos a no compartir la mesa de todas las noches, la cama del amanecer.

Apenas escuchamos la chicharra entre el ruido de los cohetes. Si no fuera por el perro, tal vez no hubiéramos reparado en ese zumbido apagado. Estaba en la puerta, sólo alcancé a ver su sombra. No quiso que le trajeran nada de las fuentes que ya habían levantado de la mesa, se conformó con nueces y avellanas. Bebió algunas copas, brindó como uno más. Estuvo sentado todo el tiempo a mi lado.  Los demás fueron entrando a la casa, quedamos solos sentados a la mesa vacía. Puse mi mano sobre la suya, estaba fría, huesuda, solitaria.  Me dijo, “No pude venir antes, no pude”. Yo lo sé. Sé cuánto le ha costado, cuanto sufrirá cuando se vaya, pero no debo retenerlo, no sería justo. 

Nadie lo vio salir, estaban en otra cosa. Me hubiera gustado acompañarlo hasta la puerta.  Pero eso no me es posible, la silla no me permite superar los escalones. Calculé que estaría lejos, antes de  llamar para que me vengan a buscar estaba refrescando o a mi me pareció.  No me preguntaron, no me quieren hacer sufrir. Debería decirles que no estoy sufriendo, que esta fue una noche feliz. Pero se supone que nosotros no podemos ser felices.  No saben con qué poco puede estar hecha la felicidad.

“La baldosa blanca” pertenece al libro El Otro Jardín. (Simurg, 2009)

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