La mirada de Rafael

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En la foto, Rafael es el único sentado. Pedro está de pie, a la izquierda, y Esteban a su derecha, ninguno parecer haber llegado a los treinta. Vemos detrás la escenografía del estudio. Un viejo acueducto romano atraviesa las campiñas de color sepia. Rafael nunca viajará a Italia. Nunca viajará a ningún lado, nosotros lo sabemos, aunque tal vez viajar no haya sido su propósito. Nos mira desde la foto, con mirada profunda, interrogante. Es posible que sólo esté mirando la cámara, pero es el único de los tres que mira tan directamente, de tal modo que sería lícito suponer que está mirando algo más. Todos los que observan las fotos siempre se detienen en ésta. Es fácil entenderlo hoy, que muchos sabemos lo que pasó. Pero me ha ocurrido con gente que nunca conoció la historia y que igual detectó algo en la mirada.

La fecha está al dorso, leo un garabato prolijo de alguien que escribe un año, un día, un lugar, y no sabe qué tan cerca está ese día del último. Podríamos pensar que Rafael sabía lo que iba a suceder y hasta suponer que esta foto se la tomó en un desesperado intento de prolongarse en el tiempo. Pero de seguro no es así. La muerte le estaba demasiado prometida para ser cierta. “Cuando se me acabe la plata te mato”, le había dicho el hombre y se lo recordó por años. No sólo a él, sino a todos los que pudieran escucharlo. ¿Cómo podría Rafael saber cuándo se le acabaría al otro ese inmerecido dinero que tanto le había costado reunir? Un dinero que no alcanzaba a pagar esa deuda supuesta, esa indemnización sobre un futuro prometido que no fue. ¿Cómo creer que un tipo como ése se sintiera obligado por sus propias palabras? ¿Cómo creer esa promesa absurda? Porque si lo hubiera creído, podría haberse ido del pueblo. Podría haberse defendido. En ningún caso, vivir con la angustia de un condenado y dejar que las cosas ocurran. Decididamente, Rafael no debe haberlo creído. Por lo tanto, es posible que su mirada tenga alguna otra explicación.

Pedro era muy viejo cuando pude interrogarlo y Esteban ya estaba muerto. Pedro no se había percatado de nada. Sólo parecía recordar que el fotógrafo se llamaba Morganti. Una vez le pregunté de quién había sido la idea de tomarse esa foto. Dudó, “tal vez de Esteban, que era amigo de Morganti”.  Llegué a conocerlo. Yo era muy chico, apenas me tomaba una foto de comunión. El estudio era una inmensa sala de una casa muy vieja. Me impresionaron mucho las cortinas y los paisajes que cubrían las paredes, pintados con colores apagados. En el techo había una gran cúpula de vidrio por donde descendía la luz que Morganti usaba para retratar. Pienso que los amigos fueron a tomarse esa foto por la tarde, porque las sombras se inclinan hacia el este.

Si lo dejamos ahí, será todo lo que sabremos, no habrá ningún misterio, nada que agregar. La mirada sólo tendrá el efecto casual de un momento, de algún reflejo de luz, o simplemente la precisión única del centro focal. Pero si tomamos una lupa, o mejor un cuentahílos, estaremos aumentando ocho veces la imagen y entonces descubriremos una sombra extraña, reflejada sobre los ojos claros de Rafael. Pero esa sombra no agrega demasiado para saber qué vio Rafael. Podemos usar el escáner. La foto se ampliará hasta que el ojo de Rafael ocupe toda la pantalla. Será una imagen un poco borrosa, la sombra estará por encima del iris, yendo hacia arriba. La figura no será  nítida, se disolverá en un plano de píxeles. Si corremos un programa que nos permita borronear la imagen y luego la reducimos levemente, lograremos que tenga forma. Será parecida a un pájaro, pero no será un pájaro. Dará, sí, la sensación de haber estado flotando en el aire. Algo oscuro que vuela. Algo similar a un murciélago. Un murciélago. Rafael estaba viendo un murciélago. Un doméstico murciélago que se debe haber descolgado detrás de Morganti en el momento en que apretó el obturador. La mirada de Rafael no tiene nada de misteriosa,  es una mirada de sorpresa ante la presencia del pequeño animal.

Rafael no supuso ni por un momento lo que le iba a pasar, nada lo preocupaba la tarde en que se tomó la foto. Por eso, el día en que ocurrió, salió inocentemente a la calle cuando escuchó que lo llamaban a los gritos, por eso no pudo defenderse y recibió los dos tiros en el pecho, sin siquiera levantar los brazos. Todo lo demás es producto de nuestra imaginación, que tiende a poner explicaciones donde no las hay, a suponer lo que no existe.

Guardaremos las fotos en su caja. Dentro de algún tiempo, alguien volverá a tener curiosidad, la abrirá, pasará las fotos entre sus manos y reparará en esta toma un poco más que en las otras. Pensará quizás que Rafael tiene una mirada extraña; tal vez le cuenten la historia y suponga que Rafael presumía su destino. Será esa versión de los hechos la que repetirá a otras gentes, porque ninguno de nosotros estará allí para negarlo.

“La mirada de Rafael” pertenece al libro El Otro Jardín. (Simurg, 2009)

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