La póliza

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Sesenta y cinco metros debajo de la superficie, la bomba sumergida succiona con fuerza, el agua sube violenta y fresca hasta la mano del hombre que sostiene la manguera. Una lluvia transparente cae en abanico sobre los canteros, la tierra reseca gime suavemente mientras bebe el líquido vital. La mano pasa lentamente sobre los crisantemos, las alegrías del hogar. Se detiene un poco más en una gran begonia gigante y otra vez junto a la pignolia rosa. Cuando llega al sauce, el chorro se eleva hacia lo alto rociando las orquídeas prendidas en su horqueta. El jardín se extiende desde donde termina la casa hasta el límite del terreno. Todas las casas convergen igual que ésta formando una isla verde hacia el centro de la manzana. A lo lejos, se ven los edificios que han avanzado hasta la avenida preanunciando un futuro de vidrio y cemento. Allá en el fondo, junto a los otros fondos, reinan ignorantes los grandes árboles, propios y vecinos. Están los pájaros, están los nidos. Suelen encontrarse algunas ranas saltando entre los desmañados cercos de ligustrinas, en busca de los charcos que dejará el riego, ignorantes de la precaria delimitación de alambre entre los jardines. Junto al manzano, el hombre extiende su mano tomando el fruto más maduro que se puede encontrar en las ramas bajas. Lo somete a un breve proceso de lavado bajo el potente chorro de la manguera. Luego, lo lleva a su boca y mastica con fruición. El sol atraviesa las hendijas del follaje y se deposita sobre el jardín corriendo las pálidas sombras del amanecer. Es primavera, aún queda un mínimo del frescor que dejó la noche. Pronto el verano lo quitará como parte de ese encanto matinal, entonces el riego será cosa del atardecer. Por ahora la mañana es quietud, apenas perturbada por armonías y trinos de pájaros, en medio del silencio de los humanos. El vecindario compuesto de chalets y casas modestas duerme profundamente. Los jóvenes han vuelto del sábado con el dulce cansancio de final de fiesta. Los de mediana edad procuran estirar el paso por el compensador mundo de los sueños, los viejos encuentran el fin de su desvelo. El hombre que sin embargo está despierto, aún no es viejo, pero tampoco joven. Ahora se dirige a una llave de la instalación eléctrica sujeta a la pared. Baja la palanca, el chorro pierde fuerza y muere súbitamente. Con destreza enrolla la manguera, la desconecta de una fijación que se encuentra a nivel del suelo. Se levanta y se va. Con paso cansino atraviesa la casa y sale por el frente. Conecta nuevamente la manguera en otra fijación, vuelve a entrar, retorna la palanca a su posición inicial, para ir hacia adelante otra vez. La manguera ha hecho un pequeño lago sobre el césped de esta parte del jardín. En el frente no hay árboles, sólo flores, algunas enredaderas contra las paredes, una rosa china y un jazmín. El riego va alcanzando poco a poco toda la dimensión de este sector más bien pequeño. A través de las verjas se puede ver la calle vacía. El sol marca ya algunos ángulos en el piso con la sombra de los postes de luz. Apenas con un par de grados más de inclinación, debe estar marcando la misma sombra en un pueblo al norte: en otra calle, en otro jardín. Erastóstenes no necesitaría otro dato para calcular la distancia entre esta sombra y la otra. El hombre necesita sin embargo mucho más que eso para contar lo que separa a este jardín del otro.

Desde el lado del sol aparecen las dos siluetas. Parecen vendedores de seguro. Sendas valijas en la mano derecha, traje oscuro y formal. Se acercan a la reja.

—Buen día señor —se presentan los hombres trajeados.

—Buen Día  —el regador en bermudas y ojotas, con el torso desnudo.

—¿Podemos hablar un momento?

—Dígame.

—Queremos compartir con usted la buena nueva.

El hombre guarda silencio, pero mira con interés. El mayor de los vendedores después de un momento continúa:

—¿No cree usted que Dios tiene un mensaje de esperanza para todos nosotros? ¿Que Dios protege del sufrimiento, de la injusticia, de la enfermedad, del mal que producen los malos gobiernos, que Dios quiere nuestra felicidad?

—No creo que Dios exista, lo demás es otro asunto.

El predicador no hace ningún gesto, no parece sorprendido.

—No cree en Dios, ¿por qué no cree?, ¿tuvo alguna desilusión? pregunta de manera comprensiva.

—No, nunca necesité creer. Usted ¿qué beneficio obtiene creyendo en Dios?

—Ningún beneficio, nosotros no predicamos por dinero. Lo hacemos para dar testimonio. Yo tengo mi trabajo. (El tono trasciende un sentimiento de ofensa).

—No lo tome así, no me entendió. Yo le pregunto por qué tiene necesidad de creer en Dios. Yo no tengo esa necesidad. Por favor me gustaría saber.

El predicador demora la respuesta.

—La fe es un don que Dios nos ha dado. Él decidió que yo diera su testimonio.

—Sí, sí, lo entiendo, Usted no eligió, Dios eligió por Usted; pero para ser honesto, yo lo que quisiera saber y no lo tome a mal, es cómo se siente, si está feliz, si tiene miedo, ¿qué piensa?, ¿cómo es su vida?

—Soy feliz de dar testimonio de Dios y no tengo miedo; sólo miedo de Dios.

—¿No teme enfermarse: morir, perder a los seres queridos?

—No, si esa es la voluntad de Dios, será así.

—¿Y qué pasará cuando Usted muera?

—Si Dios lo quiere estaré junto a él en el reino de los cielos.

—¿Y si no lo quiere así?

—Será porque en esta vida no di suficiente testimonio de fe.

—Bueno, no lo tome a mal, pero yo soy corredor de seguros y no les podría ofrecer a mis clientes un seguro tan malo. La cobertura es amplia: muerte, enfermedad, sufrimiento, cualquier cosa, pero el premio (usted sabe que en nuestro negocio, lo que se paga por un siniestro se llama premio) no hay seguridad de cobrarlo. La compañía no tiene domicilio, y el precio es lo peor; se exige que dediquemos la vida entera para pagarlo. Honestamente no le podría vender a nadie un seguro así.

El pastor puso cara de no entender. Y después continuó:

—Yo no le estoy vendiendo un seguro. Estoy trayéndole la palabra de Dios.

—Disculpe que lo interrumpa. Pero la palabra de Dios se parece mucho a un seguro. Usted, creo, por lo que ha dicho, es Testigo de Jehová. Su religión, con matices, no dice nada diferente de las otras. La católica (en mi casa eran católicos) también habla del cielo, de la otra vida, de la esperanza, todo lo contrario de lo que vivimos aquí en la Tierra. Las otras religiones, por lo que leí, son en esencia lo mismo. Pero no viene al caso. Y ahora voy a satisfacer su curiosidad. Me hice ateo cuando empecé a vender seguros.

—No sé qué habrá leído sobre otras religiones, pero nuestra Fe es la palabra de Dios, la Biblia….

—Veo que hablamos de cosas distintas, o no me quiere escuchar, pero igual le termino de contar, si no le importa.

—Cuénteme, —aceptó el predicador —¿por qué desgracia perdió la fe?

—Bueno, como le dije, vendiendo seguros. Yo vendo seguros de vida. Lo primero que me enseñaron es cómo hacer tomar conciencia a la gente de que todo lo malo que le puede ocurrir o de lo que necesariamente le va a ocurrir, como la muerte. Llevarlos a tener miedo. Cuando el sujeto toma conciencia de su debilidad, de su pequeñez, entonces queda desarmado y es ahí cuando le vendo la póliza. El asegurado se aferra a esa póliza, no como lo que es (una pequeña compensación para sus deudos) sino como la salvación. Y paga, paga mucho más de lo que recibirán los deudos, estadísticas mediantes. Ahí fue cuando me di cuenta que la religión era lo mismo. Primero te asustan y después te enganchan. Fue así que me hice ateo, y ¿sabe qué?, ahora que me resigné a que la vida es así, no tengo miedo y además siento que me ahorro el pago de una póliza.

—Lamento mucho que haya perdido la fe, pero la palabra de Dios está aquí, para compartirla.

—Vea, esto no da para más y tengo que cerrar el riego, sino se me va a arruinar el césped. Disculpe, buen día.

—Buen día señor.

El hombre entró a la casa. Cerró el riego. Después recogió la manguera y la llevó al cuartito de los trastos. Retiró una pala, cargó una maceta más bien grande, que tenía un alcanfor, hasta el límite del terreno. Introdujo la pala en la tierra y cavó. Cuando las dimensiones del hoyo fueron lo suficientemente grandes trasplantó el arbolito. Terminada la tarea y mientras el alcanfor comenzaba su lento crecimiento, que en cincuenta años lo llevaría a ser un árbol de verdad, el hombre se fue a la cocina. Prendió la hornalla, llenó la pava de agua mineral, la apoyó sobre el fuego y se dispuso a preparar el mate.


“La Póliza” pertenece al libro En saco ajeno. (Secretaría de Cultura, Municipalidad de Gualeguaychú, 2007)

Éste y otros libros de Carlos Costa se pueden obtener en Galerna Libros