La vida en un diario

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Tras los primeros titubeos, la voz en el teléfono terminó confirmando la cita.

—¿Mañana a las 9:00 está bien?

—Sí, de acuerdo, no hay problema —enfatizó Gregorio para luego repasar por formalidad: Pasaje Uriburu 817.

—Sí, está bien, no se confunda Pasaje Uriburu con calle Uriburu.

—No se preocupe, lo conozco perfectamente.

La conversación se cerró con los saludos habituales.

Era una típica casa estilo italiano de fines de 1800: una planta, con un gran ventanal a la calle, el zaguán que desembocaba en la galería cerrada por una gran mampara de vidrios de colores, donde tenía predominancia el amarillo. A la izquierda, se sucedían las habitaciones de techo alto (cuatro en total, contando la del frente) y a la derecha, un estrecho patio—pasillo que se adivinaba lleno de plantas de sombra. En el codo que hacía la galería después del zaguán, reinaba un enorme helecho sobre una columna de yeso. A sus lados, dos hermosas sillas torneadas a mano (podrían tener buen valor de reventa). El frente estaba pintado de amarillo claro y la galería continuaba el color en un tono mucho más pálido. La habitación que daba a la calle tenía una gran biblioteca, además de un escritorio, sobre el que había un buen desorden de carpetas y adornos. La habitación tenía un discreto tono pastel de buen gusto. Las demás habitaciones diferían todas en color, pero siempre en tonos pálidos. El contenido era irrelevante. Gregorio lo sabía antes de mirarlas, aunque cumplió con el rito de recorrer todo, apreciando cada cosa detenidamente. A la gente le gustaba que le valuaran sus posesiones independientemente de la oferta final. Cuando llegaron al fondo, después de pasar sin entrar por la puerta del baño principal, ingresaron a la cocina. Una chica joven estaba calentando agua para hacer café. El hombre que lo estaba atendiendo era delgado, de traje, canoso, alrededor de cincuenta años; parecía un empleado público o… un bancario.

—Tenemos una hora. Yo trabajo en el Banco Nación de Boedo e Independencia. No puedo demorarme mucho pero, si es necesario, se queda mi hija; ella lo atiende. Después puede acercarse al banco para hablar.

De a poco todo se iba dando a conocer. Gregorio disfrutaba internamente de esta parte del trabajo. Descubrir la historia de las cosas, antes de que se convirtieran en simples objetos, lo fascinaba. Las casas sin desmontar tenían, a su entender, el encanto de un tiempo que apenas había pasado. El bargueño con la vajilla fina esperando a los comensales, la mesa de luz con el último libro que alguien estuvo leyendo, los sillones que guardan las formas de cuerpos que ya no están. Todo habla de las vidas que han transcurrido entre esas cosas. Este saber tenía además su interés práctico. Constituía una ayuda en la determinación del precio. Precio y tasación eran dos cosas diferentes. Tasación era el valor probable de venta menos una razonable comisión del 20%. Precio era el plus que podía sacar de acuerdo al cliente; para eso había que conocerlo y ganarse su confianza. Familiares lejanos, herederos improvisados, viudos recientes, sociedades en liquidación eran el común de sus clientes. Gregorio representaba el final de la historia para los muebles y enseres de aquellas vidas que ya no estaban, o de lo que habían dejado de ser. A partir de allí se convertirían en antigüedades, muebles de oportunidad o simples donaciones inservibles.

—Mi primo murió hace dos meses. Vamos a vender la casa y necesitamos dejarla desocupada. (Y también convertir en dinero todo lo que no figura en la sucesión ¿Habrá más herederos? Si es así de esto no verán nada).

Pero algo más debía estar pasando. Los muebles no tenían su habitual capa de polvo y el helecho no mostraba rastros de la falta de riego.

—Está todo muy bien mantenido —comentó en voz neutra Gregorio, dando pie a una respuesta esclarecedora.

—Sí, mi prima la pobre, ella se encargaba de todo. El sábado la llevamos al geriátrico, no la podíamos dejar sola.

(No dejarla sola, venderle la casa, “hay que pagar el geriátrico” y en tanto quedarse con la parte negra de la venta, dejando afuera a otros posibles herederos Un final de manual. Esto significa que estarían muy apurados por liquidar todo. El precio sería conveniente).

Tomaron un café en la cocina, (todavía les queda café). Luego salieron a un pequeño patio jardín que se situaba en el fondo. Atrás de todo, había una pequeña piecita llena de herramientas de jardinería y a un costado un bañito en desuso. Seguramente había sido la habitación de la muchacha, luego convertida en el cuarto de los trastos. El jardín parecía haber recibido especial atención de los anteriores habitantes. Varios rosales florecidos, una Santa Rita morada en su esplendor, otras enredaderas, el infaltable limonero y la sombra de una vieja parra empergolada formaban parte de esa pequeña isla verde en medio de la ciudad.

Cuando el hombre se fue comenzó el verdadero trabajo de tasación. Los libros de la biblioteca fueron el primer objetivo. Eran textos diversos de medicina, filosofía, novelas, religión, y otros referidos al bel canto, algunos tomos de historia, también viejos manuales escolares y publicaciones antiguas. La biblioteca parecía haber tenido varios dueños a lo largo de los años. Le llamó la atención que había muchas publicaciones en italiano y un viejo libro encuadernado en rústica de fotos sepias de “Italia” edición 1897. (Esto tendría buen valor de reventa). Las carpetas del escritorio contenían exámenes y fichas de evaluación. (El muerto sería profesor en algún colegio y los alumnos habrían quedado sin calificar). La sobrina confirmó que su tío era profesor de literatura en un par de colegios importantes. En un rincón, en la parte baja de la biblioteca, había dos grandes cajas conteniendo cuadernos manuscritos. Gregorio los pasó por alto (material escolar inservible). En el cajón del escritorio se detuvo: una cajita forrada de rojo contenía los elementos de la liturgia masónica, (¿cómo habría llegado allí?). Alrededor del medio día la evaluación estaba hecha. La cifra era lo suficientemente baja como para resultar un buen negocio. Gregorio se dirigió al banco.

El hombre abandonó el pequeño box de cuentas corrientes, tomó su saco y salió avisando a una mujer aparentemente jefa del área, que se tomaba el horario de almuerzo. Se sentaron en un bar de Boedo. Contrariamente a lo habitual, Gregorio se vio obligado a compartir esa colación con su cliente y lo que fue peor, pagarla. Mientras duró el almuerzo discutieron el precio—tasación. La negociación resultó más dura de lo esperado. La autovaloración realizada por el empleado bancario resultaba excesiva, aún en el más generoso de los casos. Gregorio estaba contrariado por la doble voracidad de su interlocutor. Finalmente optó por la estrategia de subdividir la oferta. De todo lo valuado, lo más interesante era la biblioteca, aún sin haber hallado incunables o cosa parecida. El contenido general podría negociarse bien entre los especialistas. El mueble iba a ser más difícil de colocar por su gran tamaño y pertenecer a un estilo sobrecargado. La discusión continuó, el cliente no parecía darle mucho valor al contenido. Sólo consideraba importante el mueble. Para Gregorio la situación era la inversa. Estuvo tentado de comprar el contenido pero se disuadió a sí mismo, porque una actitud así, lo delataría y despertaría aún más la codicia de su interlocutor. Finalmente cerraron trato por todo lo que contenía la primera habitación.

Al día siguiente se procedió a retirar los muebles. En el ir y venir, Gregorio agregó doscientos pesos más a su oferta por el juego de recibidor: los dos sillones, la columna de yeso y ya que estaba, el helecho gigante, (había decidido salvarlo de la extinción llevándolo a su casa). No era mucho el espacio con que contaba para guardar las adquisiciones que hacía. Apenas el garaje de la casa, y un par de cuartos que habían quedado libres al morir sus padres. Gregorio nunca se había mudado y continuaba viviendo en la habitación de toda la vida. Único hijo, defraudando las expectativas de sus padres, había comenzado a comprar objetos usados poco después de terminar el secundario. Éste había sido su modo de vida desde entonces. Nunca había formado pareja y ahora, pasado los cuarenta, ya no se trataba con casi nadie de los pocos amigos de la juventud. Desde hacía algunos años, además, habían cerrado el Dean Funes donde solía matar el tiempo jugando al billar o tomando café. Desde entonces sólo salía por razones laborales.

El trabajo de compraventa se dividía en dos partes: la compra: (quizás la más importante), que comenzaba con la publicación de un pequeño aviso en Clarín, y posteriormente la reventa en casas de antigüedades del producto obtenido. Lo que no tenía valor como antigüedad, lo destinaba a las casas de muebles usados; lo que realmente no se podía colocar terminaba invariablemente en “Emaus” u otra institución de beneficencia. Sólo algunas pocas cosas, que podían ser consideradas de valor especial, permanecían en depósito esperando el momento oportuno para obtener el merecido provecho. La biblioteca del Pasaje Uriburu fue uno de aquellos objetos; permaneció casi intacta durante un año en el garaje, no así el escritorio que tuvo pronta salida. Cada tanto Gregorio procedía a inventariar su patrimonio, para ver si después aliviaba el depósito de su sobrecarga y hacerse de efectivo para continuar con sus operaciones de compra. Fue en uno de esos días, cuando volvió sobre el contenido de la biblioteca y otra vez encontró las cajas guardadas en los estantes disimulados por las puertas talladas. Atendiendo al simple hábito, abrió un cuaderno cualquiera pensando en que podría poseer algún valor especial, algo que lo salvase de terminar en la basura.

El cuaderno tenía todas sus hojas escritas con delicada caligrafía. Era una letra pequeña, redondeada, clara y que se apretujaba, aprovechando todo el espacio, inclusive los márgenes. Leyendo, pudo ver que se trataba de registros periódicos; un diario: era el diario íntimo de alguien.

Las primeras notas que leyó despertaron su interés. El texto describía con profusión de detalles, un encuentro entre quien escribía y una mujer que podía presumirse su amante. Gregorio se sentó sobre el borde de una mesa china que tenía cerca y continuó con la lectura. Los encuentros furtivos con Mariel —tal el nombre de la mujer —continuaron, a pesar de las sospechas de Gabriela, la esposa del protagonista. También andando la lectura supo de dos hijas y otra vez Mariel, las vacaciones en Mar del Plata, un concurso para cubrir una cátedra que finalmente ganó. Gregorio abandonó la lectura de los cuadernos cuando la luz del día prácticamente se había ido. Recién comenzaba la primavera de 1973.

Por la noche, continuó leyendo aquella historia apoyando el cuaderno sobre la mesa de la cocina. Al llegar la madrugada terminaba de repasar los acontecimientos del año 1986, cuando lo venció el sueño. Eran las tres de la tarde cuando se despertó. El teléfono había permanecido mudo. Ninguna otra cosa podría reclamarlo, así que decidió comer algo para después continuar con la lectura. Se cocinó, abrió una botella de vino, comió con cierto apuro y luego volvió con los cuadernos. Decidió que primero ordenaría todo. Muchas cosas no se entendían de aquella prosa escrita para no ser leída. Había personas que aparecían de golpe, asuntos que quedaban inconclusos, frases incomprensibles, referencias a acontecimientos sociales y políticos del momento, cambios de opinión. Si ordenaba todo, siguiendo las fechas de los registros, seguramente podría reconstruir la historia y entender las partes oscuras.

Había treinta y cuatro diarios que Gregorio ordenó cronológicamente. Los primeros siete estaban escritos en libros de contabilidad, en italiano, con una letra diferente aunque también muy prolija. Arrancaban el tres de febrero de 1928 y terminaban el 14 de septiembre de 1956. Eran anotaciones esporádicas. Algunas veces tenían continuidad diaria, otras veces saltos de días o semanas y hasta meses. Las que estaban escritas en cuadernos comenzaban el 15 de septiembre de 1957 y continuaban hasta el 11 de octubre de 2001. Eran anotaciones más sistemáticas, aunque también solía tener grandes baches. Durante días trató de reconstruir la historia de esas vidas narradas. Felipe parecía ser el que escribía. Era un joven de menos de veinte años seguramente, porque estaba en el secundario cuando comienza este diario. Rememora a su padre: “integrante del coro estable del Teatro Colón”, en algún momento hablaba de parientes en Italia, también mencionaba a su hermana, a la madre, y a un hermano estudiante de literatura que luego andando el texto sería profesor. Lo hacía todo con gran cariño. Iba contando su vida, sus estudios, hasta llegar a recibirse de médico. Contaba sus primeros amores con una compañera de estudio, el gran dolor que le produjo la ruptura, su casamiento, el nacimiento de las hijas, la cátedra que ganó por concurso, el reconocimiento de sus pares, también los noviazgos de las chicas, el casamiento de la mayor, el nacimiento de su primer nieto. Relataba la intimidad de su relación con Mariel, otra médica, los viajes, la vida plena, pero también los malos momentos, las preocupaciones, los problemas económicos, aunque siempre había un final superador.

Gregorio se entusiasmó con la lectura. Dejó de publicar sus avisos en el diario y se dedicó de pleno a los cuadernos. Los leyó de adelante para atrás, de atrás para adelante. Se emocionó con la historia, sintió la misma fascinación que le proveían algunas veces las novelas de la televisión. Pero ésta, le resultaba mucho más interesante que los interminables culebrones; era la vida real, contada en detalles; en realidad contada a partir de ellos. Hacía falta unir aquellos detalles, para poder ver en su mente el transcurso de la historia que ahora tenía para él caras y cuerpos tangibles.

Por un registro del 8 de julio de 1974, pudo saber que Gabriela era rubia y por otro del 23 de marzo de 1989, que se había teñido de pelirrojo. Mariel tenía cabello negro, era un ser privilegiado, para ella el tiempo no pasaba. No había mención al menos que registrara arrugas, sobrepeso, o cualquier señal que indicara el paso del tiempo. Algunas semanas después, Gregorio volvió a su vida “normal”. El tiempo que dedicó a la lectura de los diarios quedó atrás. La rutina se reinstaló, pero, en algún lugar de su interior conserva un regusto gozoso. Cuando comenzó a visitar nuevamente a sus clientes y estos se mostraban extrañados por su ausencia, contestaba invariablemente:

—Me tomé unas pequeñas vacaciones. No, me quedé en casa, quería descansar.

Y al decir estas frases tan trilladas, no dejaba de advertir que nunca se había tomado vacaciones.

Cuando sonó el teléfono, reconoció inmediatamente la voz. Era el empleado bancario del Pasaje Uriburu. La cuestión era de urgencia. Ahora sí, tenían un comprador y necesitaban desocupar la casa. Por una mínima oferta podría llevarse todo lo que quedaba. En otras circunstancias habría mostrado desinterés; lo que quedaba, descontando que los herederos se habrían llevado cualquier cosa de valor que hubiese, no le iba a alcanzar ni para pagar los fletes, pero la curiosidad pudo más y aceptó.

Nuevamente lo esperaron a las nueve de la mañana, esta vez no le ofrecieron café (se les acabó), pero sí estuvieron interesados en que se llevase todo ese mismo día.

—Mi prima está muy mal, tenemos que firmar hoy y entregar ya.

Gregorio aseguró que ese mismo día se harían los traslados, pero el pago del transporte debería deducirse del monto ofrecido. La propuesta fue aceptada. Pidió el teléfono y realizó un par de llamados. La joven se quedó junto a Gregorio a la espera de que llegaran los transportistas.

—Su tío era médico ¿no? —deslizó curioso.

—No, era profesor de literatura.

—¿Entonces el hermano era el médico?

—No, eran sólo él y la hermana, mi tía —contestó la joven un poco entrecortada.

—Pero el doctor Francesco Aquini, ¿no es pariente suyo? —insistió Gregorio.

—No, Felipe Aquini era mi tío. Era profesor de literatura.

Siguió preguntando, de una u otra manera, hasta que se dio cuenta de que el interés demostrado por la vida familiar le estaba cayendo mal a la joven. Así se enteró de que Marcelo Aníbal Aquini, italiano de nacimiento, había trabajado en el Teatro Colón, no como cantante, sino como oficial tramoyista, y que no habían existido ni Gabriela, ni Gabrielita, ni Inés y probablemente tampoco Mariel. Quedó desconcertado. Apenas pudo prestar atención cuando llegaron los transportistas para dar las mínimas indicaciones. Todavía incrédulo, repitió alguna de sus preguntas al padre de la joven, cuando pasó por el banco a pagarle, con igual resultado. Esa noche retomó la lectura de los diarios, aquí y allá creyó detectar alguna incoherencia, algún vacío, pero la vida del Dr. Francesco Aquino y los suyos volvía a recrearse intacta en su mente. Al día siguiente buscó los diarios llevados en libros de contabilidad. El Italiano no resultaba tan difícil pero no obstante debió comprarse un diccionario “Larousse” Español—Italiano. Con su ayuda, y en numerosas noches de tenaz esfuerzo, tradujo al presente los siete libros de la larga vida de don Marcelo Aníbal.

“La historia de este inmigrante nacido en Nápoles, que con 18 años llega a estas tierras, comenzaba precisamente con ese viaje. La tercera clase del “Andrea C.” y el hotel de Inmigrantes, son referencias que Marcelo Aníbal se cuenta a sí mismo al comienzo del libro en 1928. Luego están las cartas a sus padres de Italia, cartas que transcribe antes de enviarlas. Llevan noticias de América, entre ellas su ingreso en el Teatro Colón de la mano de un conocido. Dos años después, el 1 de Agosto de 1930, todo cambia. El director del coro lo escucha cantar mientras clavetea armando una falsa escalera escenográfica. Se enamora perdidamente de su voz, le toma una prueba, y en pocos días le gestiona la incorporación al coro estable, —como suplente, claro—. En dos años ha llegado a titular y para 1935 es segunda voz. Pero eso no es todo: el diario narra su romance con Angélica, descendiente de Piamonteses, su casamiento, los hijos (Francesco, Teressa, y Felipe). Un hecho destacable es que el 11 de junio de 1942, después de muchos días sin escribir, don Marcelo Aníbal llora una muerte injusta. La letra es temblorosa, hay tachaduras, el nombre del muerto se pierde. Hay meses sin nuevas anotaciones, hasta que recomienzan el 20 de mayo del 43’. La vida continúa, los hijos crecen, el favorito parece ser Francesco de quien más se ocupa en el diario: alumno brillante, termina el secundario con las mejores notas, ingresa a la facultad de medicina. El 6 de septiembre de 1956, el diario registra un cierto malestar físico, una sensación de cansancio, quizás una gripe que no le permitirá participar del estreno de “Bodas de Sangre”, con el Maestro Tulio Boni. El 13, unas líneas breves: “estoy guardando cama, debí llamar al médico”. El 14, una última línea, despidiéndose del diario: “Sei stato la mia vita”.

Gregorio no pudo menos que volver al primer cuaderno, primer registro, 15 de septiembre de 1957: “Hoy fui al cementerio. Mi padre yace en el tercer nicho a la izquierda de la bóveda familiar. Concurrieron los directivos del Teatro Colón y sus ex compañeros del Coro descubrieron una placa recordatoria. Mi madre se mostró estoica y compungida en su vestido negro; mis hermanos y yo, a su lado guardábamos silencio emocionados. Estoy muy triste, pero también muy orgulloso de ser su hijo. Siento que debo continuar su obra”.

Por la mañana fue hasta la librería del barrio y solicitó un cuaderno cuadriculado similar a los que encontrara en la biblioteca. De los que le ofrecieron, prefirió uno grande de 200 carillas. De regreso, se sentó apoyando el cuaderno sobre la mesa de la cocina, y con letra prolija comenzó a escribir:

“Hoy, a un año de su muerte, he visitado la tumba de mi gran amigo el Dr. Francesco Aquino, estuve también con sus hijas y con Gabriela, apenas pude consolarlas. Pese al tiempo transcurrido siguen dolidas por la muerte de su padre al que tanto amaban. Al salir de la Chacarita, me pareció ver a Mariel que se deslizaba discretamente fuera de nuestra vista. Con delicadeza, distraje la atención de Gabriela con algún tema circunstancial…”


“La vida en un diario” pertenece al libro En saco ajeno. (Secretaría de Cultura, Municipalidad de Gualeguaychú, 2007)

Éste y otros libros de Carlos Costa se pueden obtener en Galerna Libros