Las tres Marías (Una historia de carnaval)

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Detrás de la última galería, bajo la sombra de la inmensa tipa que ocupa el centro de la quinta, casi no se siente el calor. José Luis ceba los mates. Te está contando su metejón con la de Cavilla.  Escuchás paciente. Después de dos años en Buenos Aires tenés mucho para enterarte de lo que pasa en el pueblo. Te interesa aunque te suene raro, como si lo vieras desde afuera. Eso es, como mirando desde afuera. Fina se integra al grupo trayendo bizcochitos caseros. Fina es la hermana de José Luis y siempre fue compinche de los dos. Siete años mayor, les dio apoyo con las tareas escolares, les enseñó a bailar y los venía a ver cuando jugaban al básquet para el Club Central. Fina parece interesada en la conversación, ella entiende de metejones y seguramente, ha sufrido mucho cuando el Beto la dejó por una de “La Plata” el año en que se fue a estudiar. 

—Se portó como un desgraciado —le escuchaste decir a Doña Elena en su momento—. No la supo apreciar, la ha dejado por alguna de esas que se regalan —agregó además, con la sabiduría que los años le aportaban.
El mate se ha lavado. No tenés que decir “gracias” para que pare de cebar, Fina lo hace por vos. La charla sigue igual. Los chismes y las pequeñas historias  se deslizan, ahora dulcemente en los labios de ella, que los cuenta con gracia, acentuando esa tonada provinciana de la que antes no te hubieras dado cuenta. Cuando la sombra de la galería casi llega a la copa del árbol, aparece María Elena. Te sorprende la transformación, ya no es más una chiquilina flaca y pecosa. De torpe le preguntás la edad, aunque sabés que tiene  dieciséis. Está maravillosa, con la piel tostada en su solera amarilla. A diferencia de Fina y de José Luis, los dos morochos, María Elena es pelirroja y linda por donde se la vea. Fina tiene buen cuerpo pero la cara no la ayuda; en cambio con su hermana, la naturaleza no tuvo mezquindad: cuerpo hermoso y cara de muñeca. María Elena te ha rozado dulcemente los labios —como al pasar— mientras buscaba la mejilla. Te queda la tibieza en la piel. María Elena se sienta entre vos y José Luis, mientras Fina se va hacia la casa. Con encanto natural te pide un cigarrillo, se lo encendés antes de pasárselo. Ella mira con  precaución alrededor, en un gesto de complicidad: los padres no saben que fuma. Ahora habla sin parar. Cuenta los detalles de esa tarde en el río, los proyectos para la noche. La mirás embobado mientras José Luis no hace más que ironizar sobre lo que dice. Pareciera que María Elena tiene perfectamente claro que sus padres han aflojado las reglas con ella, cansados de tanta vigilancia. Con disimulo, tratás de  interiorizarte en sus planes para esta noche, ocultando mal el objetivo inconfeso de acoplarte. Un “dale, vení, se pone bárbaro” de Elenita, luce como una entusiasta aprobación.

—No vas a salir con estos chiquilines —te reprocha, incrédulo, José Luis.

—Bueno…vamos a bailar un poco, ¡hace tanto que no bailo!

—Pero son todos pibes de 15, ¿qué vas a hacer ahí?

Y eso es lo que te preguntás ahora, rodeado de una multitud de pibes chicos, viendo que María Elena te trata como a un hermano después de haber hecho notar que habías venido por ella. Maldecís haber venido, maldecís el trato fraterno.

En los días siguientes no dejás de visitar la casa de los Villalba, ni de ir al club, o de darte una vuelta casual por los lugares en que podés encontrar a María Elena. José Luis se hace el distraído, sos su mejor amigo y si le bajás la caña a su hermana, no es asunto suyo. Así te lo dijo, “alguien tiene que ser, después de todo”. “Eso sí, a mis viejos no les va a gustar. Sabés cómo son”

Por si no te ha quedado claro, la madre de María Elena te hace notar su desagrado al día siguiente. No de manera directa, no hubiera podido, pero no pierde la oportunidad de hacerte comentarios insidiosos.

—¿No tenés novia, Roberto?

—No. Estoy solo. 

—Pero vos noviabas con la de Gali.

—Cuando era pibe, hace años; ahora no tengo novia.

—¿Cómo? ¿En Buenos Aires no conociste a ninguna chica de tu edad? — sigue la vieja. Lo de “tu edad” es una declaración de guerra. Decidís hacerte el tonto.

—No, me dediqué a estudiar, no salía a ningún lado—mentís,  con el mayor de los descaros.

A la noche llega el  comentario de tu madre, sin sutilezas:

—No te vas a hacer el pavo con la de Villalba, mirá que es muy chica para vos y yo soy amiga de la madre.

Te queda claro que ya doña Elena habló con ella. No te queda otra que dejar de ir a la casa de María Elena. Comprendés que sólo podés esperar encontrarte con ella en lugares públicos como el club o la confitería, si no querés generar sospechas. Pero María Elena es voluble y no mantiene ninguna rutina predecible. Además, siempre está rodeada de amigas y amigos de su edad,  una barrera invisible a tus pretensiones. Pero no te das por vencido.  Te alientan los gestos y miradas que  María Elena te dedica.

Esta tarde María Elena está, como siempre, rodeada de sus amigos. Luce hermosa con sus dos piezas, cocidas por la modista especialmente para ella en tela de “piqué”, siguiendo un figurín importado; una verdadera audacia que sólo ella se anima a usar.

Te acercás decidido a encararla. Pero te detenés al descubrir que uno de sus amiguitos ya ha subido de categoría y la lleva de la mano. Gabriel es hijo de otra familia conocida y, por desgracia,  un chico muy lindo. Alto, rubio, piel cobriza  y  espaldas de nadador; sólo te podés consolar en criticarle la cara de imberbe que el adonis no puede superar a los diecisiete años.

Cuando todos se meten en el río, mientras Gabriel se dedica a su entrenamiento (que le llevará una hora de ir y venir de una balsa a la otra), tratás  de sacar ventaja.

Te acercás nadando hasta donde está María Elena, en el lado opuesto de la balsa, fuera de la línea visual de los otros miembros del grupo. Le pasás el brazo izquierdo por la cintura, como jugando una broma, y luego al ver que no te rechaza,  le das un beso en la boca. Corto, pero profundo. María Elena retira la cara pero el cuerpo no. Empezás a acariciarla, primero los muslos, hasta que llegás al pubis. Ella aprieta las piernas bajo las aguas opacas.

La voz de Fina como un chillido insiste desde la orilla, los invita a tomar mate. María Elena se desliza graciosa nadando hacia ella. Vos hacés unos largos, para evitar el bochorno.

El mate acompaña a las cartas en un truco de a cuatro, Fina juega con vos y Elenita hace pareja con Gabriel. Por debajo de la mesa los pies de ella acarician los tuyos mientras le pasa a Gabriel, además de las señas, tiernos besos. La muy pilla está jugando a dos puntas, con ventaja para vos que lo sabés y desventaja para el imbécil al que le toca el papel de cornudo.

La tarde siguiente en la playa es una frustración. Ahora no sólo está la atenta y vigilante compañía de Fina que, sin decir nada, se interpone entre los dos, sino que también viene doña Elena a disfrutar del frescor que proporciona el río. La sola presencia de la señora pone metros de distancia entre María Elena  y vos, sin contar que además el cuerpo de la joven se ve menoscabado por una ceñida maya enteriza.

La ocasión propicia para un nuevo acercamiento parece difusa. Los intentos de comunicación telefónica que hacés son interceptados hábilmente por Fina o su madre y en el Tropicana, María Elena no se separa de Gabriel, que cada vez se muestra más posesivo. Entrás en la desesperación.

En la cuarta semana de febrero comienza el carnaval. El sábado por la noche la calle principal se llena de una multitud impresionante: todo el pueblo parece convocado para el corso.  Las sillas en filas de a cuatro bordean la 25 de Mayo, a uno y otro lado, haciendo intransitables las veredas; los que no han logrado una ubicación, más las comparsas y las murgas, transitan en una mezcla cambalachera por la calle.

Vas forzadamente sorteando a la gente, acercándote algunas veces a los palcos donde las familias miran bien desde lo alto el paso de la multitud. Hay  muchos disfrazados. Jóvenes y chicas que, en el anonimato de sus trajes carnavalescos, se divierten cargando a los amargados como vos.

Gastás dos vueltas más pero María Elena no aparece. Iniciás el camino hacia tu casa, preso del mal humor.  No has hecho más de dos cuadras cuando un grupo de chicas, caracterizadas como colombinas y pierrots, te rodean entre cargadas, cosquillas y papel picado. Tratás por todos los medios de conocer la identidad de las lanzadas pero las voces distorsionadas te lo impiden.  Por un momento pensás  que una de ellas puede ser María Elena. Las chicas te preguntan si vas a ir al baile. No lo habías pensado pero decís que sí. “Nos vemos, lindo”, escuchás decir a una voz disfónica y deformada que te seduce.

Tiene que ser María Elena. Ella ha encontrado la manera. Te está dando la oportunidad. Es esta noche o nunca. Ingresás al baile confiado, “agrandado” te hubieran dicho los muchachos, pero los muchachos no están y es mejor así. Después de un rato deambulando entre la multitud, sin encontrarla, te vuelven las dudas. ¿Habrá sido una broma más de María Elena?  ¿Sería ella? Por un rato pensás con desazón que no pudo ser ella. Que nunca podría haber conseguido escapar disfrazada al baile. Que todo es producto de tu imaginación. Que estará, seguramente, con Gabriel en el Tropicana. ¿Acaso te ha llamado por tu nombre? No. Solo te dijo “lindo”, como a cualquiera que podrían haber cruzado. Te acercás a la barra, pedís  una cerveza para hacer algo, para no dar vueltas como un tonto. Estás en eso cuando reaparece.

Es el Pierrot de la voz aguardentosa. La voz de María Elena.

—Hola mi amor —te susurra al oído.

Seguido a esto, te lleva a la pista de la mano y no te suelta más. El cuerpo ceñido por el disfraz se mueve balanceando las caderas y dando rítmicos pasitos cortos. Querés  apretarla contra vos pero ella continúa con su deslizar sinuoso, es el juego de María Elena. El juego que te va a  jugar esta noche y al que sólo ella le pondrá final. Te dejás llevar.

Las dos de la mañana. Desde mucho antes has logrado atrapar ese cuerpo tentador o has sido atrapado por él.  Ambos se aprietan y se acarician meciéndose en la música,  cubiertos por la multitud que constituyen los muchos otros en igual situación.

Antes de las tres ella te dice “vamos” y vos la seguís, se van juntos de la mano. Cuando están saliendo te cruzás con Gabriel: está con otra de las “mascaritas” del grupo. Pensaste en una casualidad. No podés dejar de darte vuelta y mirar. Un mechón rojizo escapa del disfraz de la chica que está con él. Un mechón como el de María Elena. Por la boca de la gran máscara que decora la entrada al club, bajan a la calle. Apenas una cuadra más e intentás retirar el antifaz, pero ella no te deja. María Elena te hubiera dejado. No volvés a insistir. Ya no te importa.  Sólo porque ella se agarra de tu brazo no te vas.

A solo seis cuadras llegan a una casa frente a la plaza, en cruz con la catedral. Es antigua, decorada con ladrillos estilo inglés. Ella dice con su voz distorsionada “es aquí”, toma el pomo de bronce y abre la puerta sin llave. Te introduce al  interior del zaguán tirándote una vez más de la mano. Cierra la hoja y se te va encima. En la penumbra no podés apreciar colores ni detalles del cuerpo que se va quedando desnudo a medida que le quitás el disfraz. Perdés también los pantalones y ahí mismo, parado, apoyándola contra la pared, la penetrás sin miramiento, con violencia y desprecio, como a una impostora. Hay un pequeño quejido involuntario, una leve resistencia a la urgente penetración, que rápidamente desaparece. Demasiado pronto te sorprende tu  propio  frenesí. No importa, porque  no es María Elena. 

Se deslizan lentamente hasta el piso, tendidos sobre las ropas. Un hilo de luz, más intenso que los demás, se desprende  de un agujerito en el vidrio, dibuja una fina raya en diagonal sobre las baldosas y te permite ver, por unos instantes, el vientre de la muchacha. Junto al ombligo, tres lunares se recortan nítidos. Dos están perfectamente alineados y uno, apenas desviado. Pensás en el vientre de María Elena, en la piel suave sin lunares. Tratás de quitarle el antifaz pero ella te contiene nuevamente.

—¿Qué te pasa? —dice. 

—¿Cómo te llamás?” —preguntás sin ansiedad.  

Ella contesta: “Beatriz”. Y no te  pregunta  tu nombre.  Le tocás los lunares con el índice.  Se ríe.

—¿No te gustan?

Contestás que sí.

—Parecen las tres Marías —agregás. Ella se queda esperando que digas algo más. Entonces querés  levantarte pero Beatriz te retiene, comienza a acariciarte. Te besa el pecho, el estómago, el miembro.  El deseo vuelve pronto, involuntario, enérgico, ella te empuja hacia las baldosas y tomando tu sexo entre sus manos se lo introduce mientras te monta. Dejás hacer, tu cuerpo sigue los nuevos dictados del juego casi como independiente de tu persona. Ella comienza a agitarse, mientras se tapa la boca ahogando un quejido.  En unos momentos también percibís que algo extraño te está pasando, tenés un espasmo intenso que  te sube desde la ingle hasta convertirse en temblor, y después el final, casi doloroso, donde te parece que te morís. Ella tiembla también. Todo dura unos momentos, después se desploma sobre tu pecho. Te quedás flotando en una extraña sensación de placidez; una sensación que aunque en ese momento no lo sabés, no volverás a experimentar por el resto de tu vida.

El reloj de la iglesia toca las cinco y media, una leve claridad tiñe los cristales borravino de la banderola. Desde el interior de la casa suena un golpe sordo como una puerta al cerrarse, ella se sobresalta, se acomoda el antifaz, toma algunas ropas y va cubriéndose, mientras te pide que te vayas. Insistís con el rostro pero te dice “mañana nos vemos”. Preguntás dónde. “En la costanera, frente al monumento a la madre, a las siete de la tarde”. Beatriz se levanta y recoge la parte restante de su disfraz, una negra cabellera cae ahora sobre sus hombros. Levanta el pequeño velo de seda que trae el antifaz y te despide con un beso que apenas roza tus labios, mientras te abre la puerta. Volvés a intentar correr el antifaz en la claridad incipiente del alba. Ella te contiene. “Es una sorpresa, esperá hasta mañana”. Aceptás el misterio.

Al día siguiente, estás antes de las siete. Le pediste la moto a tu hermano, no quisiste aparecer a pie, además podés esperar a horcajadas de la misma, una manera más piola de estar ahí donde pasa todo el mundo. Trajiste algún dinero como para invitarla a tomar algo, después verás…

Se hacen las siete,  las siete y media; como a las ocho menos cuarto comenzás a temer lo peor. Por la vereda de la costanera pasa la gente que salíó a tomar el fresco de la tarde o que vuelve de los balnearios, tenés que devolver algunos saludos y conversar un rato con un amigo. Cuando el amigo se va, podés ver a dos figuras inconfundibles que vienen caminando del brazo, María Elena y Fina. En otro momento te hubieras alegrado por poder encontrar a María Elena, pero ahora no podés darles bola, si te ve Beatriz,  podría  no presentarse.

Las chicas se paran junto a vos. No sabes qué hacer, mirás para todos lados con poco disimulo, mientras les seguís la conversación. María Elena como si nada te invita a tomar un helado. Rehusás, pero no se da por vencida e insiste. Sin pensarlo, terminás confesando que no podés porque estás esperando a una chica. María Elena se ríe contrariada y las dos se despiden con picardía.

“Qué pelotudo que soy”, te lamentás. Las hermanas, mientras tanto, se cruzan a la heladería y un ratito después, con sus helados, se sientan en un banco que está bajo la glorieta, justo frente a vos. Allí se dedican a tomar lentamente su helado mientras te miran con desenfado. Aguantás todo lo que podés hasta que la incomodidad te hace desistir, entonces te montás definitivamente sobre la moto y acelerás a fondo con bronca.
Al día siguiente decidís tomar el toro por las astas. Con energía, descargás el llamador sobre su base. “Muy fuerte”, pensás, pero no tenés demasiado tiempo de lamentarte. Una anciana desde la puerta cancel te está  preguntando “¿qué desea?”.

—¿Está Beatriz?

—Ah, sí, ya se la llamo. —La mujer da un paso hacia adentro y se vuelve—.  ¿Quién la busca?    

—Roberto, un amigo.

—¿Roberto qué? —insiste la mujer, implacable.

—Roberto  Alarcón.

—Ah, sí, el hijo de Alfredo —por si algo podía faltar, te han identificado en la ridícula situación.

Beatriz aparece. Beatriz no es Beatriz, ni podría serlo. Mucho más bajita, gordita y morocha, no tiene nada que ver. Su voz tampoco es la misma. Sentís que empezás a pasar por un idiota.

Con una vergüenza atroz, le preguntás a la muchacha si hay otra chica en la casa.

—No, aquí sólo la señora y yo.

Pero antes de ayer, ¿no estuvo aquí alguna otra chica, alguna amiga tuya?

—No, antes de ayer tuve franco, la señora estuvo sola.

Como podés, balbuceás que te confundiste, pedís disculpas y te vas. Al  llegar a tu casa, le preguntás a tu madre, como al pasar:

—¿Quién vive en la casa que está cruzando la iglesia?

—¿Cuál?

—La de la esquina de la plaza, la de los ladrillitos rosados.

—Ahí vive la de Arispe.

—¿Y vive sola?

—¿Por qué me lo preguntás?

—No, me pareció ver entrar a una persona que conozco, pero no estaba seguro.

—Que yo sepa vive sola, el marido falleció hace mucho, no tiene hijos, fue maestra en la normal, está jubilada. —“Ficha completa”, pensás.

—¿Estás segura de que vive sola?

—Ya te dije que sí, ¿en qué andás ahora?

—En nada, mami.

Le das un beso comprador y te vas, mascullando bronca. Los conocidos entre los que buscás información tampoco pueden o quieren suministrarte nada que te sirva.

El viernes de ceniza desfilan las carrozas alegóricas al entierro del carnaval. Coches fúnebres pintados de rojo, con lloronas ridículas siguiéndolos, muertos que se levantan del cajón, para ser nuevamente muertos de un palazo por el enterrador de levita y galera. Muertos en carretilla, muertos portados a mano. Muertos y más muertos de farsa cierran la fiesta en alegre caravana. Marchás en el sentido contrario de la multitud mirando y dejándote ver. Soportás estoicamente las bromas habituales de los mascarones, avanzás buscando entre la multitud a tu pierrot, a tu Beatriz. La esperanza te brilla en los ojos hasta el final, luego volvés  a tu casa. 

Carmen lleva el bolso con la mano izquierda y con la derecha tira del brazo a la más chiquita. Soledad, que ya tiene doce años, se te adelantó buscando unas reposeras. Detrás venís vos trayendo la heladerita. El club está repleto, se llena siempre los sábados, solo hay lugar bien al fondo, lejos de la orilla. Carmen está molesta. No le gusta el club, no le gusta el pueblo, hubiera querido ir a la costa. Apenas te sentás, se empieza a quejar de que se olvidó los lentes y el libro que está leyendo, en el auto.  No te lo pide pero sabés que se lo tenés que ir a buscar. Si por lo menos cambiara la cara. Volvés por el camino que bordea la orilla, vas despacio, qué apuro hay.

—Roberto. —La voz resuena a tus espaldas. Te das vuelta—. ¿Ya no me conocés?

—¡José Luis! ¿Cómo estás?

Está bien, está casado, tiene tres hijos. “¿Y vos?”. Le contás todo bajo el sol abrasador del mediodía. Atrás de un José Luis gordo, que apenas reconocés como tu amigo de la juventud, se empieza a incorporar de la reposera una mujer pelirroja, enfundada en una bikini azul. El corazón te empieza a latir muy rápido. Te decís que no puede ser María Elena. A María Elena la mataron en un enfrentamiento hace veinte años.

—Y me mudé a la casa que me dejó mi tía.

—¿Qué tía? —preguntás.

—La de Arispe, la que vivía en cruz con la catedral.

Vos seguís mirando a esa mujer que se acerca.  Entonces José Luis dice:

—Ahí viene Fina.

Pero vos ya sabés que es ella, aunque no le mires la cara ni los tres pequeños lunares que escapan de la bikini. Dos perfectamente alineados y uno levemente desplazado, como las Tres Marías.

“Las tres Marías (Una historia de carnaval)” pertenece al libro El Otro Jardín. (Simurg, 2009)

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