Miguel, el otro

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Cuando volvió hablaba distinto. Todos esperábamos que él fuera más viejo, que hubiera cambiado, pero no que hablara el idioma con dificultad. Tal vez si solo hubiera sido el acento, o el modo, sería comprensible, después de tantos años fuera del país, pero lo cierto es que hablaba como un extranjero. No dudamos, pese a todo, de que fuera él. No podíamos, nos miraba a los ojos y nos reconocía inmediatamente. Recordaba cada momento, cada detalle, de nuestra vida anterior. Sólo nos perturbaba eso, que no hablara como Miguel, ni siquiera como uno de nosotros. Como ya dije, que no se le pareciera no era tan importante, después de todo, ya ninguno se parecía a lo que había sido.

Carmen fue la más afectada. Ella lo había querido tanto. Nunca le escribió ni la llamó desde que se fue. Con el tiempo, se me ocurre, pudo superarlo y casarse con Antonio, pero no creo que lo haya olvidado. Y ahora se aparecía así como si nada, y solo le decía “como estás”.

Pasaron los días. Él se dejó ver en todos los lugares posibles. Visitaba a los que fueron sus amigos, a los parientes, se quedaba horas en el café, o lo veíamos caminando por la costanera. Agotamos nuestras preguntas. Su vida nos resultó mucho más simple y poco interesante de lo que hubiéramos esperado. Había viajado a la capital por negocios, eso ya lo sabíamos. Conoció a una mujer, se enamoró, la siguió al extranjero. Luego volvió a viajar, trabajó un tiempo en cada uno de los países en donde estuvo pero no pudo arraigarse en ninguno, ni hacer fortuna, ni formar otra pareja. Un día sintió nostalgia y volvió. De la mujer solo dijo, “nos separamos”.

Después del primer impacto, de la llegada, del primer mes, se fue quedando solo; nada nos motivaba para reintegrarlo a nuestras vidas. Creo que lo entendió perfectamente porque dejó de visitar parientes, de buscarnos y hasta de salir a caminar. Yo era el único que lo visitaba de vez en cuando. Tomábamos un café en el salón del hotel, charlábamos un poco, cada vez menos, y después me iba.

El último día que nos vimos lo encontré leyendo un cuaderno. Era un cuaderno viejo, de tapas duras, forrado con papel de seda. Se notaba que había sido muy manoseado, la cubierta tenía algunas manchas, el papel se veía amarillento. Lo cerró inmediatamente cuando llegué pero no pudo guardarlo ni evitar que le pregunte. “Es un diario, estaba releyendo algunas cosas”, me contestó.

Tuve como una revelación. Miguel no era Miguel, era alguien que se había apropiado del diario de Miguel. Allí seguramente estaríamos todos, ese era el medio del que se valía para engañarnos. Ahora estaba seguro de tener delante de mí a un impostor.

No supe cómo seguir. Se me agolpaban las preguntas. ¿Por qué la sustitución? ¿Qué pasó con Miguel? Sentí la necesidad de apoderarme del cuaderno. Pero me mantuve en silencio. Él pidió más café.

— Mañana me voy —dijo.

— ¿A dónde? —Sentí que estaba confirmando mi presunción. Lo había descubierto.

— Al norte.

— ¿A qué vas?

— Es lo que sigue. Tal vez encuentre algo interesante —dijo esto tocando levemente con los nudillos el cuaderno.

Me quedé sin palabras. No podía gritarle “sos un impostor”. Y él se estaba yendo, se habría ido ya para mí en cuanto nos levantáramos de esa mesa.

— ¿No te vas a despedir de los muchachos? —Se me ocurrió decir.

— No vale la pena, ya no les intereso.

— ¿Pero qué decís? ¿No te recibimos bien, acaso?

— Te digo la verdad. Sentí que me trataban como a un extraño.

— Dale, no me digas eso, sabés que te queremos.

— Fue mucho tiempo. Demasiado. Ya no somos los mismos. —Nos justificó.

Qué hábil es este tipo. Ahora resulta que yo me estaba disculpando por tratarlo como un extraño. Nosotros éramos los equivocados. Él nos comprendía.

— ¿Por qué lo haces?

— ¿Qué hago qué?

— Hacerte pasar por Miguel.

— ¿Qué decís? —dijo riendo—. Vos sí que tenés imaginación, Jorgito.

— Vos no sos Miguel. Ni siquiera te le parecés. ¿Para qué nos engañas?

— ¿Lo decís en serio?

— Totalmente. Ese tiene que ser el diario de Miguel pero vos no sos Miguel. Decime, ¿qué le pasó? ¿Dónde lo conociste?

— Vos estás loco.

— No estoy loco. Vos sabés que no.

— A ver, decime. ¿Para qué me voy a hacer pasar por Miguel, un pobre tipo fracasado, y volver a este pueblo de mierda a gastar un montón de plata para terminar encerrado en un hotel y que nadie me dé bola?

— Es lo que te estoy preguntando.

— Y si no soy Miguel, ¿cómo sé quién sos vos?

— Por ese diario.

Dudó un poco, me miró a los ojos, después apoyó la mano en el cuaderno y me lo alcanzó.

— Tomá, te lo dejo —hizo eso, se paró y se fue.

No lo pude abrir en el momento pero tampoco llegué hasta mi casa. Empecé a leerlo en un banco de la costanera. Efectivamente era el diario de Miguel. Lo había empezado a los diez años mientras estaba enfermo de escarlatina. Ese día le dolía mucho la cabeza. Era muy sintético para escribir, apenas una o dos líneas cada dos o tres días, con una letra chiquita y prolija. “Hoy cumplo diez. Tengo escarlatina. Me duele mucho la cabeza”, comienza y pone la fecha. Años después dice, “nos juntamos a la salida del baile, Jorge quiso que fuéramos a lo de la turca, yo no la pasé bien, me toco una gorda sucia”. Más o menos ocho años después hubo un pequeño cambio de tiempo, “mañana saldré para la capital a comprar telas, seguramente no volveré”. Continué leyendo salteado, “el viernes conoceré a Liliana”. Seguí leyendo, el cambio de tiempo no se vuelve a modificar de allí hasta el final.

Retorné al punto donde cambió su modo de escribir. Puse atención en la última anotación de tiempo pasado, “me dolió la cabeza todo el día, como cuando tuve escarlatina, esta noche voy a salir con Carmen, me va a decir que no podemos seguir así, cuando vuelva comenzará a llover”. Noté que a partir de ese momento había también una pequeña alteración en su caligrafía. Escribe con rasgos mucho más precisos, con letras que parecen calcadas entre sí. Pasan más días entre uno y otro registro. Se interrumpe, a veces, por plazos largos e irregulares. Después recae en una escritura frenética día por día. A partir de allí hay muchas tachaduras. “Viajaremos a Lisboa el sábado, las calles estarán imposibles por la revolución, tendremos problemas de alojamiento”. Eso está tachado, luego sigue. “El sábado iremos a Valencia, nos aburriremos cuatro días”. En algunas páginas las tachaduras son muchas, antes de que aparezca un registro legible. Las anotaciones resultan, paralelamente, cada vez más anodinas, los hechos más intrascendentes. Corrí las páginas hasta casi el final, “llegaré en la madrugada, nadie me reconocerá”, unos días después dice, “todos se irán alejando, menos uno”. Llegué a la última línea, fechada el día anterior, “hoy vendrá Jorge, le diré que viajo al norte, le regalaré el diario; mañana será un día normal, un día inesperado”

Llegué a mi casa, encendí el fuego en la parrilla. Arrojé el cuaderno a las llamas. Las páginas amarillentas se consumieron rápidamente. No tuve tiempo de arrepentirme.


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