Solo al final

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solo-al-final“Esta noche, vida mía”. La voz suena ronca, sin el terciopelo que yo esperaría en una mujer, pero igual, o por eso mismo, resulta excitante. Atrás, como una sombra, se esmera el terceto de músicos viejos. Sólo ella, bajo la luz del reflector, apaga los murmullos de las mesitas apretadas.  Sostiene con la mano derecha el micrófono, mientras la izquierda danza una expresión de uñas arrabaleras, que juegan a contramano de su melena oscura, desordenada. Entona “rara, como encendida, rubia y fatal”. Esa manera impersonal de recitar las letras mientras se estira  sobre los tacos, tan alta y delgada como para provocar el deseo. Tal vez no me ha visto. Tal vez no lo sepa. Aunque cada noche ocupe la misma mesa en el rincón, esperándola. Esta vez no permitiré que se escurra insinuante, dejando llover los tibios aplausos sobre su espalda desnuda. Voy buscarla en la trastienda.

Un billete de cincuenta en el bolsillo del mozo me habilita para entrar al camarín. Los músicos guardan sus instrumentos.  Beba Zaldívar fuma ausente, con las piernas cruzadas, expuestas por el tajo del vestido. No se sorprende al verme, todo es como una cita arreglada. Veo que me mira con un descreimiento de ojos negros, de ojos que ya han visto demasiado. Le expreso mi admiración por su estilo, la invito a tomar algo.  Agradece pero no acepta. Tiene otra presentación en una hora. ¿Tal vez, si te acompaño?, digo, tuteándola de improviso. “Otra noche, hoy estoy cansada”, dice, poniendo a prueba mi propio interés. Otra noche, digo yo, pero no me voy y le pregunto: ¿Dónde vivís? “En Berisso”, contesta, con la respuesta automática con la que se puede dar un dato irrelevante. Berisso, tengo una familia amiga allí, miento descarado. “Yo nací en Berisso, ¿cómo se llaman?” Ataliva Álvarez, improviso, recordando el nombre de un vecino en Pringles. “¿No me digas?” El gesto de sorpresa me previene que debo ser cuidadoso cuando miento. “¿A qué se dedica?” Sastre, contesto de apuro. No estoy mintiendo, mi vecino es sastre. Ella agrega: “vive en 5 y 27”, ubicándolo dentro de su  geografía. “Mi viejo se hacía los trajes con él.” Ahora está sonriendo, en la palidez de su rostro hay un destellar de dientes blanquísimos y carnosos labios rojos. Hace mucho que no lo veo. Trato de esquivar las precisiones. “Está muy enfermo”, me anoticia. Yo me sorprendo, me dejo contar. “Con Alicita fuimos compañeras en la primaria.”  No puede ser,  me afirmo en un gesto estudiadamente exagerado, no puede tener tu edad, digo, sin dejar traslucir si parece más o me impresiona por menos. “No te creas, el año que viene cumplo los cincuenta, la producción te quita años, agrega y sonríe, mientras su mano pasa delante de ella en un gesto como de presentación para su cuerpo ceñido por el jersey  negro. No te daba ni cuarenta, la elogio, sin mentir demasiado, y ahora sí sé que me la estoy ganando.

Me sorprende que fuera esta noche pero a nuestra edad, ¿por qué andar esperando? Beba fuma antes y después de que hacemos el amor. Hay un leve desencuentro en los cuerpos que todavía no se conocen, pero dejamos que las cosas sucedan, no tenemos exigencias. Me siento un poco mareado pero no le digo nada, el viagra siempre me produce ese efecto cuando he tomado alcohol.  Me gustaría fumar para compartir algo más pero no debo hacerlo. Beba cuenta de las presentaciones pasadas, de cuando cantó con la orquesta de Varela, “¿sabés que empecé cantando folklore?” No, no lo sé, ¿cómo podría saberlo? Ella no existió para mí hasta hace siete noches. Y fue circunstancial que el boliche quedara a pasos del hospital. En Pringles no la hubiese conocido nunca.  “¿Así que estás de paso? ¡Qué mala suerte la mía, nunca la pego!” Pero por como van las cosas, creo que me voy a quedar. “¿Te vas a quedar a vivir en Buenos Aires? Se podría decir que me voy a quedar. “¿Dónde estás parando?” Mejor no te digo, no te va gustar. “¿No?” Seguro que no.

Me levanto y voy al baño.  Cuando termino de orinar caen algunas gotas de sangre que salpican el inodoro. Trato de limpiarlas. Detrás de mí siento su presencia. No alcanzo a quitarlas todas. “Como siempre, los hombres nunca la embocan”. No es fácil. No creas.

Por suerte, ella baja la tapa y no ve la última mancha. Voy hacia la cama. Es increíble la intimidad que tenemos a horas de conocernos. Beba vuelve y comenzamos a charlar. “¿Sos visitador médico, entonces?” No. Es un laboratorio de productos veterinarios: antipulgas, vacunas y esas cosas, le explico. Para qué contar una vida de andar solo, de viajar yendo a ningún lugar. “¡Qué bueno! Tengo un gato, me podrías dar algunas muestras gratis”. Ahora estoy de licencia, cuando retome (si retomo), no hay problema. “¿Cuándo vas a volver?” Me estoy haciendo unos estudios, será cuando termine. “¿Qué tenés?” Un problema de próstata, le digo para no asustarla. “¿Te vas a operar?”. No sé, me parece que no. Lo digo y me doy cuenta de que acabo de tomar una decisión. ¿Para qué? No vale la pena, estoy bien, digo, y es cierto; apenas un poco de dolor de espalda, a veces la cabeza, con los calmantes se me pasa. “¿Estás seguro? Mirá que puede ser serio”. Estoy seguro, el médico me dijo que no había riesgo.

La luz que entra por la ventana mata el caracol de los sueños. Beba sigue acurrucada contra mí. No recuerdo haberme sentido tan bien. Me doy cuenta de que siempre presentí su existencia y la encuentro ahora, cuando no hay tiempo para nada. Ella se vuelve hacia mí y con su boca apasionada me busca nuevamente. Una turbulencia de mimos y caricias se sucede. Estamos haciendo el amor como si fuéramos jóvenes, me siento joven, ya nada importa, solo el calor de su piel.

Desayunamos en la cafetería de la esquina. Unas mujeres nos miran y cuchichean. Ella todavía tiene su vestido de actuación y yo, mi traje de la noche. Somos sobrevivientes del sábado. Las mujeres son vecinas que vuelven de misa un domingo a las once. Beba propone que la lleve a Berisso para cambiarse. Recogemos mi coche y nos vamos hacia el sur.

La calle empedrada desemboca en  el río, un cartel perdido la llama Nueva York. Entramos por el pasillo de chapa, al final está la casita de los viejos. Dos piezas, un pequeño comedor-cocina. Los padres son muy mayores. Me reciben con afecto. Ella me presenta como un amigo, no preguntan. Ya somos grandes, me lamento.

Vamos caminando de la mano bajo el cielo azul del verano. Atravesamos las ruinas del frigorífico, encontramos el canal, algunos vecinos pescan. La vida ha recuperado terreno, el bosque y las plantas acuáticas vuelven a la orilla cuando la ciudad se retira. Los pájaros revolotean tranquilos. Un viejo remolcador semihundido que nunca ha de partir, se cubre de naranja con el sol oblicuo de la tarde. Beba tiene puestos unos jeans gastados y una blusa con flores. Se recogió el pelo. Parece una muchacha. Tendría que haber pasado a buscarme ropa. “Mañana tengo libre. ¿Adónde querés ir?” Elegí, que conocés más. “Me quedo con vos y mañana nos vamos al Tigre, hace mucho que no voy”. Como te parezca, digo y pienso en el mísero cuarto de la pensión.

“Cuartito azul” tararea Beba, mirando el empapelado. Romántico ¿no?, digo yo. Me da un beso apasionado, se despinta los labios en los míos. Hacemos el amor con la ventana abierta, frente a la espalda indiferente del edificio vecino que nos devuelve el resplandor de la ciudad.

El sol  quema la piel, el viento sacude la blusa de Beba, mientras la lancha avanza por los canales del Tigre. Bajamos en un parador, el olor del asado nos tienta. Comemos debajo de una sombrilla, después nos tiramos en unas hamacas a dormir la siesta. Entreabro los ojos y en el cielo vuela alegre un barrilete, el hilo es tan fino que contra el sol no alcanzo a detectarlo.

Los médicos no están acostumbrados a tipos que preguntan. “Vamos a iniciar un tratamiento con unas inyecciones y después lo pasamos a cirugía”. ¿Resultados, pronósticos? “Mejor calidad de vida”. Durar, transcurrir, solo eso, a costa de infinitas pérdidas. Le doy las gracias y le digo que lo voy a pensar. No sé si se sorprende o simplemente no le importa. La sala de espera está llena de pacientes, llena de ansiedad.

Abro los ojos. Beba duerme todavía. El sol reverbera sobre las aguas que bajan mansas hacia el Río de la Plata. Parpadeo. El paisaje se ha duplicado. Cierro un ojo. Todo está bien. Lo abro y la imagen se vuelve a replicar. El viento cesa, el barrilete cae detrás de los árboles en un torpe planeo final. Tengo un escalofrío. Había presumido que la enfermedad progresaría lentamente, que compartiríamos el cuerpo por un tiempo más. Estaba dispuesto a soportar que invadiera mi espalda, que tomara mi pecho, que me adormeciera el corazón, pero nunca que se introdujera  en mis pensamientos para robarme los sentidos.

Volvemos al atardecer. Entornando un ojo conduzco sin dificultad. Beba no se ha dado cuenta.  La noche es larga, no le digo nada, no quiero que esté triste. Hagamos el amor, mañana tendremos que seguir, la vida es una sola. “¿Cómo que te volvés?”, se sorprende. Es solo por unos días. Hasta el sábado. “Te acompaño,  tengo que conocer Pringles.” Necesito ir solo. “Sos casado. Ya lo sabía. Tanto hacerte el misterioso”. Bueno, algo así. Le miento una vez más. “Tenía que ser. No sé para qué me ilusioné”.

“No te olvides de mí”, me dice al partir, y me quedo solo. Solo al final.

“Solo al final” pertenece al libro El Otro Jardín. (Simurg, 2009)

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