Tal vez por sus ojos verdes

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Sus ojos son verdes, o solamente claros y el verde lo toman de los montes en la otra orilla. Atraen por contraste con su aspecto aindiado, el de una morocha como tantas venidas del litoral. Estoy seguro de que llegó del norte y se quedo allí junto a la costanera para atender las mesas de la cantina; puede que haya sido su primer y único trabajo.

Hay que entender que el mundo puede no ser tan grande como pensamos, puede reducirse a eso, mirar el río, atender las mesas, lograr que la gente quede satisfecha así después vuelven, y Don Julio, que para todos es Don Julio pero que para ella es solamente Julio, quede contento. Porque él tiene que mantener a su familia, pagarle los viajes a su mujer para que esté lejos y ayudar a los hijos, que son unos zánganos. Julio es agradecido, la protege, la quiere, revive en la pasión cuando la lleva a la cama. Ella es su territorio sabiamente explorado, conquistado, lo único propio que él puede tener ahora que ya no es joven ni guarda esperanzas.

Tampoco ella guarda esperanzas, sueños podría ser, los sueños no cuestan, no necesitan realizarse, basta con imaginarlos, sentirlos. Lo peor son las noches, volver a la casa del Juan, atender a los chicos, soportarle el enojo, los reproches, las discusiones, hasta que ella cede, porque alguien tiene que ceder, y entrega el dinero y se entrega ella a su posesión abusiva, rencorosa, tratando de no pensar en nada, de no recordar las caricias de Julio, el cuidado con que la lleva al orgasmo, para no contaminar lo bueno, para no sentirse sucia cuando esté con él. Después seguramente la vencerá el cansancio, de modo tal que cuando el sol avanzado de la mañana la despierte, se sorprenderá de estar en un nuevo día.

Llegará como siempre a la cantina cerca de las doce, el pelo mojado, el cuerpo preparado para la jornada. Pasará entre las otras que trajinan desde mucho antes con los preparativos y se quedará un rato en el mostrador con él, que le convidará el desayuno. No es política de la casa servir café, el café no rinde, las mesas se ocupan por más tiempo. Pero Julio se lo prepara todas las mañanas, o mejor dicho todos los mediodías, para ella y nada más que para ella, mientras las otras visten las mesas, trapean el piso, descargan las bebidas. Ese es su privilegio y todas lo saben, porque ella es su mujer, porque él lo quiso y ella lo aceptó, aunque lleve el anillo que la ata a Juan. El anillo y los chicos, como una condena de la que no puede escapar. Pero ni siquiera pensó en eso cuando Julio la habló, ni vio a un hombre que sumaba treinta a sus veintiocho años, sino que lo vio a él y supo lo único importante, que lo quería.

Laura es feliz mientras lleva platos, recomienda bebidas o resuelve menúes. Siempre sonríe, hace algunas bromas, devuelve algunas lisonjas y cada tanto mira el río y más allá, a los árboles, para que se le pegue el verde a sus ojos.

Julio la ve. La acaricia con la mirada. Tan menuda y tan fuerte. Cuando se dé vuelta sabe que seguro le clavará los ojos, ella es la única que sabe hacerlo. La única que lo mira. Se acercará y le pedirá la cuenta de la mesa diez, retendrá por unos segundos su mano cuando le alcance la boleta, ella aceptará el contacto y así ambos sabrán que están juntos, aunque lo demás no tenga sentido.

Yo volveré. Porque la comida es buena, porque quiero conocer un poco más de la historia, tal vez por sus ojos verdes que pueden ver la vida como ya no la puedo ver. Volveré terminado el invierno. En un agosto benigno de sol creciente. Cuando desde la cantina se pueda contemplar a los surfistas gozar del viento sobre las olas. Me sentaré en las primeras mesas, junto a la ventana. Ella vendrá fingiendo que me reconoce y entonces le preguntaré por su vida y tal vez me cuente, mientras lleva y trae mis pedidos con eficiencia. Será un día especial, un día para recordar. Y si pudiera, por qué no, la acompañaré a su casa, para conocer su otro mundo, ver desde lejos a sus hijos jugando en la vereda. Pero ella dirá no. Porque no soy el que ella eligió, porque no entiende, ni entenderá nunca, mi desinteresada preocupación. No me hablará en el tiempo que reste de mi almuerzo, tampoco agradecerá la módica propina que deje sobre la mesa.

 Esperaré hasta que bien entrada la tarde salga sola y se aleje caminando hacia algún lugar al que no pertenece. La seguiré a la distancia, hasta una casita blanca, con dos niños jugando en la vereda. Habrá una moto junto a la pared. Un tiempo después de que ella haya entrado saldrá un joven fuerte, cerril, seguramente el Juan, que saltará sobre la moto y partirá veloz, lejos de mi vista. Los niños entrarán a la casa. Tal vez a buscar algo o tan sólo porque querían entrar. Uno de ellos saldrá después corriendo en un llanto. Voy a detenerlo y preguntarle ¿qué te pasa? De sus medias palabras, sabré que a ella le ha ocurrido algo, algo terrible. Me entrometeré en su casa, en sus asuntos, para encontrarla golpeada inconsciente sobre las baldosas de la cocina. Llamaré al médico, llegará la ambulancia, ellos avisarán a la policía y seré testigo de los hechos. Cuando declare, imprudente, diré del joven, diré de la cantina, hablaré de Julio. Contaré todo, excepto la razón de mi presencia, a un oficial aburrido que tecleará una mala síntesis de mis dichos. Me retiraré satisfecho de haber obrado bien.

Pasarán los días necesarios para que ella vuelva a la cantina. Todavía tendrá los ojos amoratados, pero ya no la sonrisa de su mundo perfecto. Julio estará cabizbajo detrás del mostrador, ni siquiera rozará su mano cuando ella busque las adiciones. Algo habrá pasado, algo que no esperaba ni hubiera deseado. No habrá sido la golpiza, ya debió haber otras, ni siquiera sería la más fuerte. Serán mis palabras, mi interés, que habrán traído la desgracia. Bastará con que alguien haya leído la sección de policiales del periódico local al día siguiente de los hechos, en una ciudad donde casi todos se conocen, para encontrar allí la versión perversa de mis palabras, como una obscena historia de celos y traición, expuesta a la luz pública. Me retiraré sin comer, no podré hacerlo. Me iré caminando despacio, siguiendo la costanera, tratando de olvidar mi felonía, tratando de no pensar en aquellos ojos verdes.

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