Territorio

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Al volante de su automóvil, Juan Flores desanda —treinta  y cinco años después— el camino que lo llevó a la ciudad. Recuerda aquel viaje: el micro avanzaba con dificultad por la inundación, el campo era una marejada de agua y bruma. La correntada se había llevado un puente justo después de que el micro en el que él viajaba lo cruzase, clausurando toda posibilidad de retorno.

Ahora viaja en sentido contrario, en tiempos contrarios, con la certidumbre de llegar en sólo tres horas de marcha por una moderna autovía. A cien metros de altura, sobre la estructura del nuevo puente, puede ver cómo el entorno cambia al cruzar el río. Terminan las tierras domesticadas, con labrados y poblaciones, empieza el campo abierto. La llanura verde, deshabitada, se despliega hasta el límite del horizonte. Un espacio que interrumpen, de tanto en tanto, las manadas de vacunos que van pastando indiferentes. Flores reconoce hacia el oeste, en las sombras del atardecer, los ocultos cementerios indios y al este los bañados salvajes, donde todavía arden pastizales. Columnas de humo se elevan hasta el cielo quieto del invierno.

Cuando pasa el último peaje, el empleado le advierte que la ruta está cortada por los chacareros. Para cualquier otro viajero esta sería una invitación a volverse, pero Juan Flores no puede volver, ni tampoco pensar que ese territorio le sea hostil. Está decidido a regresar a su tierra, de modo que sigue adelante, desdeñoso. Su tierra. Nunca dejó de serlo, piensa, acelerando un poco, jamás superó su condición de inmigrante en la ciudad que lo trata como a un extraño; ni pudo abandonar la ilusión de volver definitivamente. De llevar una vida entre vecinos amables.

Estaba solo, con esa soledad profunda que produce la infelicidad, cuando recibió la noticia de que la única tía viva, hermana de su padre, agonizaba. El acontecimiento lo conmovió mucho más de lo que hubiera esperado. Esa mujer era el último vínculo personal que le quedaba con su lugar de origen. Por años había quedado a cargo de la casa familiar y por qué no, de conservar los recuerdos de un tiempo que Flores añora.  Enterarse y salir fue casi un mismo acto. Al llegar al punto que le indicaron, encuentra el corte. Tres o cuatro kilómetros de vehículos detenidos le demuestran que el asunto es serio.

Después de casi una hora, la impaciencia comienza a ganarle el ánimo. Se baja del coche. El olor a quemado lo invade. Hay cenizas en el aire. Camina unos metros hasta un grupo de hombres que mata el tiempo fumando al  costado de la ruta. El frío le cala los huesos, en el apuro no ha traído abrigo. Entabla conversación. El piquete, según le dicen, levanta el corte cada dos horas, deja pasar el tránsito por una hora y lo vuelve a cerrar. Hace un rápido cálculo, dado el tiempo transcurrido pronto estará reiniciando la marcha. Nota también, no sin disgusto, mientras habla con los otros conductores, que la situación lo altera. Se siente preso de un deseo violento, de un enojo exagerado. Ninguna idea política le parece mejor que otra, a su juicio todas encierran deliberadas mentiras y encubren los intereses más bajos pero profesa, de todos modos, la necesidad de una convivencia civilizada y esta actitud de los chacareros lo irrita.

El tránsito se va activando. Con una sucesión de reacciones tardías, los  vehículos se ponen en marcha. Finalmente, puede avanzar. Cuando está por concluir la hora, le faltan pocos metros para superar la barrera improvisada por los del corte. Alcanza a ver cómo el grupo de hombres comienza a mover una vieja trilladora con la intención de volver a ponerla en el medio de la ruta. Le toca bocina al camión que lo precede para que se apure pero es inútil. El camionero se detiene y deja que atraviesen la máquina. Los chacareros están casi todos sobre la ruta. Han dejado libre la banquina. Flores no lo piensa dos veces. Con un rápido volantazo, mete el coche por ese claro y acelera a fondo. Los  que están cerca saltan hacia los costados para que no los atropelle, el espejo derecho golpea a uno de ellos. Ve que le arrojan  piedras, pero no dan en el blanco.

Avanza unos kilómetros, ahora circulando por una ruta estrecha. El tránsito va y viene, saturado, lento. Por el espejo, ve que una camioneta negra se acerca. En la caja  viajan varios hombres. Por la vestimenta deduce que pueden ser gente del corte. Acelera y sobrepasa a un par de camiones a riesgo de chocar con los que vienen por la mano contraria. La camioneta deja pasar esos vehículos y luego  hace lo propio hasta alcanzarlo. Juan Flores se lamenta por no haber comprado un auto de mayor categoría. Su naturaleza moderada lo ha llevado a tener este pequeño utilitario, bueno para el desempeño urbano pero inapropiado para las rutas. La camioneta se le tira encima y lo golpea de atrás. Repite la maniobra un par de veces y está a punto de desestabilizarlo. Flores divisa a lo lejos una estación de servicio y concibe una nueva maniobra arriesgada. Acelera al máximo y se lanza a rebasar al convoy de camiones que circulan delante, obligando a los que vienen por la mano contraria a subirse a la banquina izquierda. La camioneta que lo hostiga lo deja ir, confiando quizás en que podrá alcanzarlo fácilmente más adelante. Flores, ni bien supera el tercer vehículo, se corre a la banquina derecha y continúa la marcha por esa estrecha vía, en paralelo con el camión. En pocos momentos ve pasar la camioneta que se aleja, adelantándose en una curva. Como previó, lo imaginan más adelante. Disminuye progresivamente la velocidad y  acomoda su marcha detrás del camión. Cuando alcanza la altura de la estación de servicio se desvía.  Ese será su refugio en los próximos minutos. 

Estaciona en un camino de tierra detrás del edificio para que el auto no se vea desde la ruta.  Entra a la cafetería. Hay una mujer en la caja y un hombre junto a la máquina de hacer café.  La gente no se detiene después del corte, trata de recuperar el tiempo perdido, no ve otros clientes.  Se acerca al hombre y le pide un café doble. Casi le parece conocido. Algún compañero de la primaria, algún vecino de su tía. Pero él no da señales de reconocerlo. Flores le comenta como al pasar que ha sido lugareño, le agrega el motivo de su viaje, el apellido de su tía. Nota que lo mira con una atención indescifrable. Se ensimisma en el café y en pensar cómo continuar la marcha. Si espera una hora, caerá la noche, y en medio de la oscuridad difícilmente puedan reconocerlo. Tal vez los hombres hayan seguido viaje al pueblo o se volvieron al corte, no le parece que tengan suficiente motivo para seguir buscándolo. Está en esos pensamientos cuando levanta la vista y, a través de los vidrios, ve llegar la camioneta. Los paisanos bajan y se dispersan por la estación. Lo están buscando. Toma un sorbo del café.

Las puertas del comedor se abren. Entran dos. El mayor lleva bombachas, rastra y seguramente, cuchillo. Es, sin duda, al que golpeó con el espejo. El  joven viste como cualquier muchacho de la ciudad, no tiene más de veinte años. Vienen directamente hacia su mesa.  El más viejo, que en definitiva tendrá su edad, se para delante y comienza a insultarlo:

—¿Te creés vivo? Puto de mierda.

Considera prudente no devolver el insulto. Trata de convertir la posible pelea en una simple discusión. Dentro de la cafetería está relativamente seguro. Se para. Ensaya algo así como una defensa del derecho de todos a circular libremente. Las palabras le suenan huecas, ajenas, pero igual se empeña en ellas con énfasis. El joven discute sus argumentos.

—¿Por qué no salís cagón? —la sigue el  paisano.

—No le hagas caso, Flores —dice el hombre de la cafetería desde el mostrador. Finalmente lo ha recordado—. Ya viene para acá la gendarmería.
No sabe si creer o no en la promesa de los gendarmes, pero igual siente vergüenza de estar dejándose apretar por estos tipos.

—Son guapos porque son muchos —dice, como para medirlos.

—Los otros no se van a meter —retruca el paisano—. Va a ser mano a mano.

Vuelve a sentir la sangre en las venas. No es un experto en artes marciales pero en su juventud ha practicado judo; para arreglar a este imbécil le tiene que alcanzar. En otras circunstancias no aceptaría el desafío, la prudencia no se lo permitiría, pero aquí en su tierra no puede dejar que lo lleven por delante. Cree en la palabra del paisano. Se saca los lentes y los pone en el estuche. Lo hace con deliberada parsimonia. Después lo invita en tono firme:

—Vamos.

Salen juntos al playón, el viento frío les azota el rostro. No tiene miedo ni le sobra el valor. Los otros son siete. El viejo les grita “hagan lugar y que nadie se meta”. Todos forman un círculo alrededor de él. Flores mira al paisano, que se ha sumado a la ronda, pero el hombre no se mueve. Es al más joven a quien meten de un empujón al centro. Con el otro las cosas hubieran estado parejas, con el muchacho no tiene ninguna posibilidad. Los hombres dejan apenas unos metros para la pelea, puede sentir  sus cuerpos en la espalda. Los primeros golpes que recibe son torpes e imprecisos, sólo una provocación. Mantiene la calma y comienza a desplazarse en círculo siguiendo una vieja premisa del judo.  El muchacho le tira nuevos golpes que logra esquivar con cierta destreza. Lo mira a los ojos. No hay odio en ellos, resulta evidente que el joven no desea pelear y que tampoco tiene gran habilidad para eso. La pelea no está funcionando, los chacareros se empiezan a enardecer, gritan con voces enronquecidas, alguno incita “matalo”. El muchacho se le viene encima, pegándole. Ningún golpe es certero pero el ataque lo desestabiliza,  cae sobre el piso de cemento.  Alguien lo patea en el costado. Recibe tres o cuatro golpes más antes de lograr ponerse de pie. En ese momento toma conciencia de que está peleando por su vida: si vuelve a caer será molido a patadas.

El joven atropella de nuevo. Flores ensaya una toma elemental. Empuja con la palma de la mano el mentón del contrincante y le aplica una zancadilla.  En las prácticas, las caídas se atemperaban, el propósito siempre era dominar al rival y no lastimarlo, pero ahora está utilizando a fondo la fuerza y acompañando la caída, lo que suma el propio peso. La cabeza del muchacho golpea con fuerza el piso. Flores se incorpora rápidamente. El muchacho queda tendido. Los gritos cesan. Juan Flores encara al círculo; a regañadientes los hombres se abren y logra pasar. Se dirige a su auto. “Está muerto”, escucha decir a sus espaldas y apura el paso.

El auto se sacude cuando retoma bruscamente la ruta por un lugar indebido. La mano que corre en dirección al pueblo está vacía, acelera al máximo. No sabe si unas luces que vienen detrás son de la camioneta. En cuanto puede se desvía por el camino viejo. La noche y la polvareda lo cubren. Avanza hacia los bañados. Apaga los focos. El resplandor del fuego en la oscuridad lo guía o lo atrae. Se pregunta por dónde estará  yendo. El humo y la niebla lo envuelven.

Cuando amanece lo rodea una neblina blanca, brillante. Baja, orina sobre el pasto escarchado. No espera que se levante la niebla. Reinicia la marcha. Hace un largo rodeo por caminos vecinales procurando la ruta que le permita retornar a la Capital por otro puente. Regresa sin dormir, desencajado, con la certeza de que su tía morirá sola, de que ya no queda para él un lugar en esta tierra. Con la aflicción de un prófugo. 

“Territorio” pertenece al libro El Otro Jardín. (Simurg, 2009)

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