UN TIPO ROMÁNTICO

de Carlos Costa

UN TIPO ROMÁNTICO

Caminamos por el pasaje Voltaire, ese pedacito de Palermo tan parecido a París. “Tenemos pendiente una caminata a orillas del Sena”, dice Elena, yo consiento, ¿para qué exponer los motivos de lo imposible? Es bueno que ella quiera algo cuando ya no me interesa nada. Los gestos se repiten, inconsistentes, vacíos, irremisibles. Si pudiera pensar que él solo está ausente. Fingir que esperamos que amanezca para ir al aeropuerto a buscarlo. Respiro profundo. La comida armenia. Un sabor nuevo. Después el conocido gusto amargo del café sin azúcar. El pasaje está iluminado y desierto, es apenas la una de la mañana de un domingo. Marzo, aún hace calor.

Ellos aparecen de la nada, con paso rápido, sincronizado; las nueve milímetros apuntando al piso. En un momento nos están encañonando. Tendrán veinticinco. Indudable, son pareja. Los une el estilo, la escena seguramente repetida, el gusto por la acción. Él hace de malo: amenaza, pide más, ella trata de convencerme de que le entregue la billetera. “Me la tenés que dar”, dice casi amable, como si no me estuviera apuntando a la cabeza. Intento discutir, “dejame los documentos”. Elena está asustada, “dale todo”, me dice, en un tono neutro, persuasivo, él amartilla el arma, “danos todo porque te la mato”, grita. Es un tipo romántico, no caben dudas. “Me la tenés que dar”, insiste la chica, palpándome la cintura. ¿Y si no les doy nada?, pienso. La mano de ella es casi sensual, el metal de la pistola me roza la oreja, tal vez sea un buen momento, ni nos daríamos cuenta. Elena me ruega, “dale todo”. Solo tengo que hacer un movimiento brusco, amagar con quitarle la pistola, sería un segundo, tal vez ni llegue a escuchar los disparos. Nadie cargaría con la culpa, sería un desenlace, una oportunidad. Veo los ojos de Elena, negros, grandes, tal vez húmedos, que me vuelven a mirar como hace mucho tiempo. No puedo apagarlos, ella no tiene la culpa. Saco la billetera. Sin darme cuenta forcejeo un poco cuando la muchacha la toma. Todavía estoy pensando en separar los documentos antes de entregarla. La suelto. Se van. Él desamartilla la pistola, guardan las armas en la cintura, miran un par de veces para atrás. “Tirame los documentos”, les grito, cuando ya se han alejado unos veinte metros. “Te los tiro en la esquina” responde.

Por la bocacalle aparece un patrullero.

El lunes encuentran mis documentos, están prolijamente atados con un elastiquito. Los de Elena siguen desaparecidos. Me fastidian los trámites para recuperar las tarjetas. Desisto de las American, con las Visa me basta. Suspendo el tenis, me sorprende la indiferencia con que renuncio a ese casi único momento de recreación.

Dos semanas después, Elena llama a mi celular, hay noticias. Introduzco el tema del robo en el diálogo que tengo con el proveedor por la otra línea, para justificar la interrupción. Seguramente lo ablandará saber que tengo tantos problemas. Luego hablaré de cómo pagarle dentro de sesenta días. “Los agarraron, tenemos que ir al juzgado a reconocerlos”. Digo que sí. Retomo la discusión de los sesenta miserables días con el proveedor.

Ahora tienen nombre. Guillermo y Vanesa. Me entero de que conviven. La moto es legal. Parecen clase media. Me viene a la cabeza la película “Sin aliento”. Jean Paul Belmondo lo tendría asumido en una circunstancia como esta, pero a Guillermo lo noto desesperado. Debe estar pensando en los tres o cuatro años que estará separado de Vanesa. A ella no se le mueve un pelo, su cara parece decir: “todos ustedes me importan una mierda”. Digo que los reconozco, no corresponde que los ayude, a lo mejor los estoy ayudando de este modo. Los engancharon por los documentos de Elena, si hubieran sido inteligentes nos los habrían devuelto. Ni denuncia hubiésemos hecho. Puede apenas que tengan una vida interesante.

Esta semana reanudo el tenis.

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