Voy y vuelvo

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Voy y vuelvo —dijo Lazarte. En el amplio repertorio lugareño de muletillas, ilustradoras ésta resultaba una de las más conocidas. Lazarte nunca volvió a la partida de póquer ni a la ferretería que tenía con el hermano, ni a su casa, ni al pueblo; se fue, dejando tras de sí aquella frase y un saco sobre la silla vacía.

Andrés Alemán tenía alrededor de quince años cuando, como cualquiera en esa localidad, deslizó inconsciente la frase remanida. Por la mesa familiar corrió un silencio incómodo. Luego, sin modificar su cantarino tono de voz, la abuela Elvira, que estaba sirviendo los platos, preguntó:

—¿Te sirvo más Andrés?

—No, gracias abuela —respondió él aliviado.

La conversación, continuó entonces. Su padre terminó de verter el vino sobre la copa de la madre. Cristina, su hermana mayor, se aplicó a desmenuzar el pollo. Ernesto, el más chico, atacó los ravioles de verdura como si aquélla fuera su última cena. Andrés no necesitó más para caer en la cuenta que aquella muletilla, en realidad, estaba referida a su abuelo materno. A partir de allí, y aún sin proponérselo, no volvió a decir esa, y por añadidura ninguna otra, aunque esto significara estar fuera de la forma lugareña de hablar.

Cuando el primo Mauricio convocó a la reunión, que finalmente se llevó a cabo otro domingo por la noche, veinte años después concurrieron todos: Julia y Andrea, las hijas de Beatriz Lazarte, dos mujeronas regordetas y aniñadas, el propio Mauricio, hijo de Josefa, tendero en bancarrota, además de Cristina, a esta altura ya casada con el doctor Olmedo, que era el mejor traumatólogo del pueblo. Ernesto, todavía soltero, dedicado a la tramitación de automotores y él, que venía en representación de Claudia, su madre, la única sobreviviente de los hermanos Lazarte. Todos fueron puntuales y llegado el momento aceptaron también de forma unánime el café “instantáneo” que la mujer de Mauricio les convidó, para después sentarse indiscretamente al lado de su marido. Sin otro preámbulo, el dueño de casa presentó la cuestión, aún antes de que los convidados pudieran terminar de saborear el líquido dulzón. El Banco Itaú había hecho, a través de la inmobiliaria Cambell, que todos conocían, una fabulosa oferta por la casa de la abuela. La propiedad ocupaba una importante esquina de la calle principal y tenía un gran valor comercial. Mauricio estaba seguro que no iban a tener otra oportunidad para venderla a tan buen precio.

—¿Cuánto ofrecen?  —pregunto Andrea.

—Novecientos cincuenta —contestó Mauricio displicente.

—¿Pesos?

—No, dólares.

—¿Novecientos cincuenta mil dólares? —repitió incrédula Cristina.

—Sí, y creo que si los apuramos le sacamos algo más.

—Pero para vender vamos a tener que hacer la sucesión —intervino Andrés.

—De eso se trata, vos que sos abogado podrías encargarte. Hay que apurarse antes que el “pájaro” se vuele.

—Yo no tengo problema, pero no es tan fácil, hay que inscribir la declaración de herederos…

—Decinos que necesitás y hacela —prosiguió Mauricio decidido.

Con gran celeridad, toda la documentación que Andrés había solicitado en aquella reunión, le fue entregada durante el transcurso de la siguiente semana. También, con la intervención de un escribano, se llevaron a cabo diversas certificaciones de poderes que resultaban imprescindibles; pero algo no resultó bien. Faltaba la partida de defunción del abuelo Ernesto. La partida no estaba entre la documentación que la familia conservaba, ni Claudia supo dar ninguna información sobre el asunto. Andrés no se amilanó, concurrió al Registro Civil y solicitó un duplicado de la partida de defunción de Ernesto Álvaro Lazarte. La jefa del Registro era tía de su mujer, de modo que el trámite se diligenció con la mayor premura. Rápido pero infructuoso; el señor Lazarte, tal como todos deberían haber sabido, no figuraba entre los muertos.

Los primos se reunieron una vez más, ahora en la casa de Andrés que, de la manera más didáctica y precisa que le fue posible, los puso al tanto de la situación. “El abuelo desapareció en julio de 1938, desde entonces no se ha sabido de él. Es de suponer que esté muerto por la edad, pero como nadie hizo una denuncia en su momento, para la ley está vivo. Si presentamos el caso como desaparición de persona, tendremos que hacer un juicio que nos llevará algunos años”.

—¡No puede ser! El Banco no nos va a esperar. Algo se tiene que poder hacer —dijo Mauricio interpretando la desesperación colectiva.

—Lo único que se podría hacer, es demostrar que el abuelo está muerto, pero ¡después de tantos años! ¿cómo hacemos? —contestó Andrés lapidario.

La reunión, continuó por un buen rato entre discusiones, propuestas alocadas y veladas acusaciones de torpeza, hasta que finalmente terminó con un portazo. La unidad se había quebrado, la desilusión había sido demasiado contundente. Parte de la familia decidió que “mejor era consultar un buen abogado”. Andrés quedó mortificado y no durmió esa noche; una y otra vez la imagen de aquel domingo adolescente lo asaltaba. En la mañana después de asistir a una audiencia, se dirigió a la casa de su madre, la puso al tanto de las dificultades y luego, como si aquello le diera algún derecho, la interrogó.

—¿Que pasó con el abuelo mamá?

—Nada hijo, yo tenía dos años, ni lo recuerdo, un día desapareció, es todo lo que sé.

—Pero la abuela ¿qué te contó?

—Bueno, lo que todos saben; estaba jugando a las cartas con unos amigos en el Jockey Club, parece que se sintió mal, o algo así, se levantó y se fue, nadie lo vio más. Después vinieron los del Jockey y trajeron un saco que se había olvidado. La abuela lo tuvo muchos años en su ropero, pero él no volvió nunca más.

—Pero ¿no lo buscaron?, ¿nunca hicieron la denuncia?

—No sé hijo. Eran otros tiempos, mamá se quedó sola, nos crió a los tres con la ayuda del tío Alberto que siguió con la ferretería. Yo creo que ella asumió siempre que no iba a volver.

—Y vos ¿que pensás que le pasó?

—No sé hijo, no sé.

—¿Tu tío Alberto nunca te dijo nada?

—No, él se ocupó mucho de nosotros, pero nunca me dijo nada. A lo mejor habló con tu padre, eran muy confidentes, pero Raúl nunca me comentó nada; era muy reservado, y te digo más, cuando quedé viuda tuve que lidiar con un montón de cosas que él sólo sabía, hasta los papeles de la jubilación me costó encontrar.

—La mujer de Alberto, Adela ¿todavía vive?

—Pero claro. Debe tener casi cien años. Vive con la hija.

—¿Te parece que le pregunte si el tío le contó algo? Necesitamos averiguar.

—Pero vos estás mal de la cabeza ¿Cómo le vas a ir a preguntar esas cosas?

La negativa de su madre obró en Andrés el efecto de un disparador. A la tarde estaba tocando el timbre en lo de su “tía abuela política”. La hija de Adela lo reconoció en seguida y se extrañó de la visita, pero precisamente, por eso, le facilitó la entrada y lo presentó delante de su madre.

—Mamá —dijo casi gritando. Te viene a visitar el primo Andrés.

La mujer era una pasa de uva; chiquita, sentada en su silla de ruedas, parecía una arruinada muñeca de trapo. Mirando sin ver, detrás de los gruesos anteojos, entonó la voz cascada para preguntar:

—Vos ¿quién sos?

—El hijo de Claudia Lazarte.

—¿El hijo de quién?

—De Claudia mamá. Disculpala, no escucha bien.

—¿Qué Claudia?

—La hija de Ernesto, tu cuñado.

La mujer se sumió en sus pensamientos, haciendo un esfuerzo por extraer de algún lugar de su memoria la imagen que le faltaba.

—Sentate. Ya se va acordar. ¿Tomás mate?

—¿Estás tomando?

—Recién empiezo. Está amargo.

—Bueno, dame uno.

Andrés se tomó media docena de mates amargos y lavados, mientras conversaba con su seudo prima, una solterona de sesenta años bien conservada. Hablaron de la familia, del parentesco, y de los motivos que lo llevaban a la visita. Cuando la conversación parecía agotada y Andrés estaba preparando la frase de despedida, la vieja dijo con voz chillona:

—Vos debés ser el nieto de Ernesto; “buen pájaro” tu abuelo, si la ha hecho sufrir a Elvirita.

—No me diga ¿así que mi abuelo era un “buen pájaro”? —repitió sin saber muy bien a qué se refería.

—Un desgraciado. Nos dejó lleno de deudas. Alberto trabajó años para pagarle a todos.

—¿Su marido pagó las deudas de mi abuelo?

—Si, mijo, pero ¡no sabés nada! Tu abuelo era un jugador perdido. Hubo que pagarle todo y mantener a la desgraciada de tu abuela; no vas a encontrar a otro hombre tan bueno como mi marido.

—¿Usted cree que mi abuelo se pudo suicidar? —aventuró siguiendo su propia hipótesis.

—¡Qué se va suicidar ése! Se ha ido y nos dejó el muerto. Pobre mi marido, lo que ha tenido que luchar por tu familia.

Por más que Andrés hizo preguntas a la vieja “tía”, no la pudo sacar de sus dichos. De modo que decidió interrumpir el inútil interrogatorio, en parte también porque el giro inesperado de la conversación había provocado un sutil cambio en la actitud de su “prima”, que ahora, seguramente estaba evaluando mentalmente cuánto de sus problemas económicos derivarían del libertinaje del viejo Lazarte.

Cristina se sorprendió con el relato de la entrevista. Ella tampoco sabía nada.

—No sé cómo te animaste a verlas. Vos no sabés que hace años se pelearon con mamá.

—No, la verdad no sabía nada, pero me trataron muy bien.

—Y vos ¿que pretendés hacer?

—Mirá yo creo que vale la pena investigar un poco. Quizás podamos demostrar que el abuelo está muerto. Alguien tiene que saber algo, y si es así, presento la declaratoria de herederos. En dos meses tenemos la sucesión.

—¡Después de tanto tiempo! Vos estás loco.

—¿Que nos cuesta probar? Novecientos cincuenta mil es mucha plata.

—Bueno está bien. Pero, ¿por dónde seguimos?

—¿Vos tenés la llave de la casa de la abuela?

—Sí, pero hace diez años que no voy.

—Vamos. A lo mejor hay alguna cosa que nos sirva.

La casa ocupaba un doble lote en una sola planta. El frente era alto y estaba pintado de rosa. Las grandes ventanas verticales que daban a la calle, estaban protegidas por rejas. No bien lograron abrir la pesada hoja del portal, se adentraron en un amplio zaguán que los llevó al patio central, en el cual convergían todas las habitaciones; una arcada dejaba ver el segundo patio donde las plantas, libradas a su naturaleza, habían convertido la huerta—jardín en una pequeña selva. Recorriendo las habitaciones llenas de humedad, muebles viejos, rancios olores y decrepitud, los hermanos volvían con nostalgia y angustia, a los años de la infancia. Las cosas olvidadas entre aquellos muebles viejos, pese a todo, nada le aportaron. Sólo encontraron aquel famoso saco, que permanecía único, entre las ropas que la abuela ya no usaría. Con la prenda en la mano, y después de revisar inútilmente los bolsillos vacíos, Andrés inició un nuevo recorrido por la casa. Le costaba renunciar, darse por vencido. Tenía la sensación de que algo se le estaba pasando. En la nueva recorrida llegaron al comedor. El sol del mediodía relumbraba tras las sucias cortinas de voile, devolviendo al ambiente parte de la domesticidad perdida. Sin pretenderlo, Andrés se representó la vieja escena de aquel domingo, en que su abuela cumplía años. Trató de comparar esa imagen con la que ahora le devolvían sus ojos. Casi todo estaba igual, salvo que faltaba la mesa. Había quedado en la otra habitación, dónde fue trasladada para habilitar el lugar como sala velatoria cuando murió su abuela. Estaba el bargueño, las cortinas, los cuadros. ¡Los cuadros! No tenía ninguna foto del muerto y entre los cuadros de fotos familiares podía haber alguna.

—Cristina, ¿Este no es el abuelo?

—No, ése es un primo de la abuela que falleció hace muchísimo. La foto del abuelo que tenemos es aquélla.

Era una foto en grupo. Todos hombres cuarentones rodeando a un Jockey muy joven que sostenía un trofeo.

—¿Cuál es?

—El segundo, desde la izquierda.

Andrés miró con atención, pero llegó pronto a la conclusión que daba lo mismo cuál hubiera sido su abuelo. Nada parecía aportarle. Además por la edad todos deberían estar muertos.

—Lástima que estén todos muertos. Alguno podría saber algo.

—Éste está vivo.

—¿Cuál?

—El Jockey.

—¿Lo conocés?

—Sí, siempre lo veo en el club jugando a las bochas. Tiene más de noventa años.

Antes de irse recorrieron lo que era la vieja cocina. Lo hicieron más por nostalgia que por curiosidad. Allí encontraron una negra cocina de leña, que ya había entrado en desuso antes de que muriera la abuela, y a su lado, la nueva que funcionaba con gas.

—¡Qué cosa! La abuela nunca quiso desprenderse de la cocina a leña —señaló Andrés.

—Siempre decía que había comidas que no salían igual en la cocina a gas, por ejemplo los dulces. Ella los mantenía al fuego durante días. Cuando los quiso hacer en la otra, se le quemaron.

—¡Que dulces ricos hacía! Siempre me acuerdo el de naranjas. Nunca volví a comer otro igual.

—Usaba las naranjas amargas del árbol que tenía en el fondo.

Cuando llegaron al fondo, Andrés buscó instintivamente el árbol de naranjas, que según recordaba estaba en la esquina más alejada del cuadrilátero, pero en su lugar había crecido un ligustro salvaje.

 El club se extendía a lo largo de la rivera norte del río. En una de las puntas de esa lonja de tierra arbolada había un galpón que albergaba dos canchas de bochas. Ese sábado estaba particularmente concurrido; numerosos “bochófilos” esperaban su turno subidos a las gradas de madera, mientras los que jugaban trajinaban con las bolas sobre la tierra prolijamente alisada. Don Gigena estaba sentado sobre el tablón inferior de la grada. El hombre acababa de cumplir ochenta y nueve, y si bien no bochaba, era un gran arrimador. Flaquito, de apenas un metro cincuenta, conservaba mucha más lucidez de la que se podía esperar en un hombre de su edad, de modo que cuando Andrés y Cristina le hablaron, de inmediato los hizo sentar uno a cada lado y comenzó a responder sus preguntas:

—Si, yo conocí a su abuelo. Era un gran tipo, muy generoso con las propinas.

—¿Las propinas?

—Si, además de montar, en esa época, yo era mozo en el salón del Jockey y estaba la noche que se fue.

—Cuéntenos ¿como ocurrió?

“Eran como las dos de la mañana. En esa época nadie se acostaba tan tarde en un día de semana, pero tu abuelo era loco por el juego. Hacía varios días que venía perdiendo; le debía mucho a don Guiñazú y a los hermanos Iglesias. No le hubiera alcanzado la ferretería para pagarles, y esa noche perdió más todavía. Todos pensamos que se fue a buscar plata para sostener la parada, sobre todo porque dejó el saco en el respaldar de la silla. Pasó el tiempo y no volvió. Después que cerramos, me lo llevé para dárselo al día siguiente, pero cuando pasaba delante de la casa de tu abuelo, lo veo llegar a Don Alberto que estaba casi entrando, así que se lo terminé dando a él y me fui. Tardamos unos días en enterarnos que había desaparecido. Hubo muchos desesperados que estaban esperando cobrar lo que tu abuelo les debía. Eran deudas de palabra. Se quedaron con las ganas. Creo que Don Alberto le pagó algunos documentos a Don Guiñazú, pero debe haber sido sólo una parte, porque el hombre no quedó conforme”. Don Gigena no aportó nada más, a pesar de su buena memoria y excelente disposición. Andrés sintió que había averiguado todo lo que podía saberse; el misterio del abuelo parecía lejos de resolverse. Esa noche comió apurado y sin darse cuenta se excedió con el vino. Después se acomodó en el sillón del living a ver televisión, al rato se durmió.

(Recién llegado de Buenos Aires fue de la Terminal de micros a la casa de su abuela. Las puertas estaban abiertas de par en par, mientras cruzaba el patio veía a la gente cuchicheando, mirándolo. Se le ocurrió que ellos pensaban que él desconocía la muerte de su abuela. En el comedor sobre la mesa estaba el cajón. El tío Alberto y su padre se inclinaban sobre él. Cuando casi llegaba a la puerta, los ve volcando una bolsa de naranjas sobre la cara de su abuela. Les grita que no lo hagan, que…)

—¿Qué te pasa? Despertate, tenés una pesadilla, estabas a los gritos.

Andrés se despertó. Su cuerpo flotaba flácido sobre el sillón, mientras él comenzaba a tejer una historia en su cabeza. Al día siguiente llamó a Cristina.

—¿Que pasó con el naranjo?

—Papá lo saco cuando murió la abuela.

—¿Y por qué lo sacó?

—No sé, pero el día que la velamos fui al fondo y el árbol estaba tirado. Lo sacó de raíz, creo que el tío Alberto lo ayudó. Deben haber sido cosas del tío, porque fue quién lo plantó y cuidó todos esos años. Para mí que se atacó con la muerte de la hermana.

Eran las once de la mañana cuando llegó al cementerio. Caminó entre las callecitas desiertas que bordean los panteones, cruzó apurado sin atender la mirada de los ángeles de piedra que custodian a los muertos. Finalmente se detuvo ante el panteón familiar. Tenía el aspecto de un pequeño Partenón rudimentario, debajo de un capitel sincrético de helenísticas doncellas portando cántaros y cruces. Había una puerta de rejas cerrada con candado. Entre los barrotes se podía ver un altarcito cubierto con un mantel blanco de puntillas, y sobre él dos candelabros. Abrió el candado en el tercer intento debido al óxido que se apoderara del mecanismo. Ya adentro de la pequeña habitación, se agachó y corrió una tapa de mármol ubicada en el piso delante del altar. El nauseabundo olor de los muertos escapó de la cripta. Tuvo que salir a tomar aire, mientras dejaba que el miasma se disipase un poco, antes de volver para bajar. Con el pañuelo tapándose la nariz, descendió los escalones de hierro. Había tres nichos a su izquierda y tres a su derecha. Encendió las velas de uno de los candelabros. Al resplandor, pudo leer las pequeñas chapitas de bronce verdoso; una decía Elvira Azucena Boccio de Lazarte. A diferencia de los restantes cajones que conservaban su estructura intacta, éste parecía podrido y manchas secas, naranjo verdosas, posiblemente causadas por los fluidos cadavéricos se extendían sobre el pavimento del nicho.

Al dueño de la funeraria lo conocía de la época del colegio, así que no le resultó tan difícil explicarle su rara petición. Juntos repasaron los viejos libros que se venían llevando desde épocas inmemoriales. Eran pocos los datos que se registraban: nombre del fallecido, fecha, lugar de inhumación y tipo de cajón. Junto al nombre de su abuela figuraba: “nogal T”.

—¿Qué es nogal T?

—”T” es que va en tierra. No lleva caja de zinc.

—Pero a mi abuela ¿la inhumaron en el panteón de la familia?

—¿Sí? ¡No puede ser! Debe haber sido un error.

La reunión se hizo en casa de Andrés. La convocatoria se había hecho bajo la noticia de que todo podía solucionarse, y éstas fueron palabras mágicas que disolvieron los disgustos precedentes. La puntualidad fue la norma. Hubo café, suspenso e inquietud.

“Paso a relatar” —dijo Andrés acaparando la atención. “Creo que la historia fue ésta”.

“El abuelo era un jugador empedernido. Venía de una muy mala racha y esa noche de julio de 1938 volvió a su casa a retirar más dinero, o algún objeto de valor para seguir jugando. Pienso que pudieron ser las joyas de la abuela, pero ésta es una suposición. Debe haber ocurrido alguna pelea, o algo así. El hecho es que a las tres de la mañana la abuela llamó al tío Alberto para que venga a su casa. Imagínense que tiene que haber sido una cosa muy grave para que lo despierte a esas horas. No hicieron ninguna denuncia, seguramente para no dar lugar a una investigación. De modo que tiendo a pensar que el abuelo debe haber muerto en ese momento. El tío Alberto se encargó de parte de sus deudas para tapar un poco la cosa, y mantuvo a su hermana hasta último momento, de modo que es lógico pensar que la estaba encubriendo. Sabemos que por esa época el tío le plantó a la abuela un naranjo en el fondo. Era un árbol de naranjas amargas. Sólo servirían para dulce. Sabemos que el mismo día de la muerte de la abuela, con la ayuda de mi padre, tiraron el árbol abajo. Lo arrancaron literalmente. Esto fue necesario porque debajo había algo; por ejemplo un cadáver, y mientras estuviera el árbol allí no se corría el riesgo de que alguien cavara y se llevase una sorpresa. También sabemos que velaron a la abuela en su casa, cuando ya nadie velaba a los muertos en su propia casa. Además contrataron un cajón sin caja de zinc, a pesar de que el cadáver sería puesto en el panteón. Esto debió responder a la necesidad de que ellos pudieran cerrarlo sin la presencia de los empleados de la Funeraria. Esto es, para mí, lo que hicieron: exhumaron el cadáver del abuelo y lo pusieron con el de su mujer; una medida piadosa y una forma de que nadie lo pudiera encontrar en el futuro. En conclusión, el cadáver del abuelo está en el panteón familiar. La pregunta ahora es ¿esperamos los resultados del juicio y nos perdemos la venta de la casa, o tiramos por la borda el honor de la familia y pedimos la exhumación?”


“Voy y vuelvo” pertenece al libro En saco ajeno. (Secretaría de Cultura, Municipalidad de Gualeguaychú, 2007)

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